La segunda vuelta electoral en el Perú

Nos encontramos a pocos días de efectuarse la segunda y definitiva vuelta de las elecciones 2016, la que culminará con la elección de Keiko Fujimori o Pedro Pablo Kuczyinski a la presidencia del Perú. Quien salga elegido debe serlo gracias a un voto diferente, un voto que no sea partidario sino claro, inquisitivo y alerta; es decir, el elegido no solamente asume la presidencia  sino se compromete a cumplir las promesas que postuló durante campaña, entendiendo además–lo más importante, que se someterá al escrutinio popular durante su función ejecutiva no sólo a través del congreso y el poder judicial (aunque corruptos e ineficientes), sino de las organizaciones populares sin ninguna restricción ilegal. La corrupción institucionalizada en todos los estamentos, funciones y funcionarios de la nación demanda de los electores esta tarea.

 

clip_image002[4]Además de la presidencia, las experiencias de los treinta últimos años del congreso peruano señalan que los políticos de todas las bandadas legislaron más para el partido al que pertenecerían (o pertenecen) y básicamente para provecho propio. El resultado es corrupción, apropiación ilícita generalizada, incompetencia, dilapidación no sólo del erario nacional sino de las riquezas nacionales. En simples indicadores, el PBI en los últimos 20 años muestra un gran crecimiento económico. En 1991, el PBI fue de 26,658 millones de soles mientras que en 2011 fue de 495,015 millones de soles[1], un crecimiento de casi 19%  en moneda nacional, que no se refleja en un mejor nivel de vida para la mayoría de los peruanos pero que señala por el contrario la aguda pobreza a la que está sometida.

 

Una inspección rápida de la gráfica del PBI real desde 1950 hasta el 2012, en millones de soles, por presidentes, muestra que el único presidente que decreció el PBI fue Alan García y que el proceso de recuperación de esta fuerte caída se encontró paralizada durante la mitad del primer período de Alberto Fujimori. El motivo de este largo parálisis no está suficientemente ilustrado, pero de haberse empleado este concepto del voto crítico y extendido del ciudadano a través de las organizaciones populares, partidos realmente democráticos, el gobierno del Ing. Fujimori hubiera sido obligado a responder y actuar. Por otro lado, la distribución del ingreso nacional[2] sigue siendo muy desigual. El 10 por ciento de la población controla el 35.4 por ciento de la riqueza del país, mientras que el 10 por ciento más pobre del país sólo 1.6.

 

La publicación 2000 World Development Indicators[3]  señala lo siguiente: “Mientras los barrios ricos han tenido acceso al agua potable, eliminación de residuos, carreteras pavimentadas, y  electricidad durante décadas, estos servicios son nuevos para la mayoría de los barrios pobres. De hecho, sólo en la década de 1990 la mayor parte de Lima recibió electricidad, mientras que el agua para muchas áreas todavía es aún llevada en camiones cisternas”

 

El PBI (producto interno bruclip_image006[4]to) que ha hecho de alguna manera ricos a un sector ínfimo de la población del Perú, es básicamente extractivo (hidrocarburos) y construcción, con muy poco valor agregado[4]. Resultado de la negligencia política de todos los partidos, de los individuos que estando en el poder se desentendieron de la educación—y que ahora postulan a la presidencia. Si bien el nivel de analfabetismo en el Perú es de 6.2%[5], el que se mantuvo casi constante en la última década  lo que preocupa son lo más clip_image004[4]bajos niveles de destrezas y conocimientos en matemáticas, ciencias, y los alarmantes niveles en retención y comprensión de lectura de todo el continente. El diario el Comercio[6] del 3 de diciembre del 2013 dice lo siguiente: “En matemática, ciencia y comprensión lectora la realidad es la misma. “El Perú ocupa el último lugar entre los 65 países que participaron en el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) 2012. El examen es elaborado cada tres años por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE)”. y añade en relación con el PBI: “El sector Educación también resaltó que el Perú y Colombia tienen el menor PBI per cápita de la región (US$10.076 y US$10.175, respectivamente).”   

Esta situación es insostenible y demanda no sólo planes económicos y cambios estructurales sino de un compromiso e idea nacionales que ni Keiko Fujimori ni Pedro Pablo Kuczynski han formulado. Los dos candidatos tienen la oportunidad histórica de iniciar el cambio y el pueblo el demandarlo con el compromiso del activismo y la vigilancia políticos.

 

 

 

Lorenzo Orrego

mayo 18 del 2016

Santa Clara

 

 

 

 

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Donald Trump, Hillary Clinton, Bernie Sanders y la realidad política norteamericana

Donald Trump y Bernie Sanders aunque en los extremos del mapa político de la nación americana son, en parte, el resultado de un mismo fenómeno político: el apoyo incondicional a Israel. Donald Trump y Bernie Sanders, el último un judío socialista y el primero un neo-nacionalista, han sufrido las consecuencias de cuestionar las políticas del gobierno israelí (aunque en sentido contrario a lo esperado en Trump). Sería, valga decir, una exageración y una grosera malversación de los elementos históricos argüir que este apoyo o no-apoyo a Israel es la razón fundamental del encumbramiento del primero a la nominación republicana para las elecciones del 2016, y la probable pérdida del segundo a la demócrata, pero cumple tres roles muy importantes. Primero, expone la corriente ultranacionalista en el seno del partido republicano con el poder de escindir o transformar radicalmente al GOP de Abraham Lincoln. Segundo, permite comprender la capacidad de injerencia que intereses foráneos (Israel) tienen en los procesos y planes políticos de los Estados Unidos de América. Tercero, señala, aunque leve, un cambio en la percepción de la nación americana hacia Israel y su política colonialista en el Medio Este.

Donald Trump es consecuencia directa del partido republicano, de las posiciones racista, homofóbica, xenofóbica, misoginia, nacionalista y ultra religiosa con que el partido trató de detener el avance progresista que el gobierno de Barack Obama ofrecía. Oportuno es señalar como la dirigencia republicana con la ayuda invaluable de la corporación Fox y de radios ultra-conservadores empezó a alimentar a sus constituyentes con el más letal alimento –el odio al Otro–, el instrumento típico de los movimientos nacionalistas como el nazismo, el mismo día que el presidente Barack Obama asumía el poder en el año 2008. El GOP había fracasado, previa a las elecciones, en negarle a Obama su declarado cristianismo y como resultado buscó abrir otro frente, creando el paradigma del Otro en la persona de Barack Hussein Obama. Es en este clima que Trump irrumpe en la política con el sólo argumento de la ‘ilegalidad’ constitucional del primer presidente afro-americano. Éste fue su único argumento –el Otro– con que cavaría su espacio (y probablemente su tumba política) dentro del partido republicano y con el que abriría su campaña para la presidencia del 2016 pero esta vez multiplicado por once millones en la forma del mexicano indocumentado, añadiendo después a los musulmanes y árabes en general.

La dirigencia republicana se encontró confundida aunque tomó con cierto entusiasmo y velada preocupación la movilización que Trump provocaba. Los otros dieciséis candidatos republicanos a la nominación buscaron el camino de la “coronación” atacando los logros del presidente Obama sin mucho éxito: ¿Cómo argumentar en contra de los bajos niveles de desempleo, el programa ”Obamacare “ o Affordable Care Act, la economía, la deuda nacional (significativamente reducida en estos dos períodos de Obama), la seguridad etc? Trump sólo habló (aún lo hace) del Otro, obligando a sus contrincantes a definir o redefinir posiciones xenofóbicas que ya habían permeado todo el partido pero que no habían sido articuladas programáticamente. Los únicos ataques de la grilla republicana a la nominación en contra Trump fueron su inexperiencia política, la poca o ninguna especificidad en los planes políticos de gobierno, y su celebridad como promotor de espectáculo. La dirigencia del partido republicano no pudo o no supo cómo contrarrestar el producto de su propia retórica extremista hasta que fue muy tarde. El ultranacionalismo de Donald Trump amenaza no sólo al partido republicano y a la nación, sino que preocupa seriamente al sionismo pues los movimientos nacionalistas son su peor enemigo natural (el Nacismo, Fascismo y Comunismo son pruebas suficientes).

Es clara la preocupación que los comentarios de Donald Trump provocan en los grupos neo-conservadores y pro-sionista, Israel, y las fuerzas armadas norteamericanas respecto a la intención de Trump de reducir la importancia de la OTAN en el quehacer político-militar de Europa y por tanto en el Medio Este; el abandono del rol de ‘policía” mundial que los Estados Unidos gusta desempeñar como primera potencia; la no-objeción al desarrollo nuclear de otros países, por mencionar algunos comentarios de política internacional. Estos grupos neo-conservadores, los mismos que siguiendo lineamientos israelíes habían logrado exitosamente promover guerras en contra de Irak y Líbano, aspiraban replicarlas, directamente o a través de los EEU, en contra de Siria, e Irán[1]. Si bien Donald Trump se opuso vigorosamente al acuerdo nuclear que todas las potencias mundiales, con el liderazgo de la administración del presidente Obama habían logrado con Irán, no fue suficiente para aplacar a los defensores de Israel, especialmente cuando el presuntivo candidato republicano se manifestara como independiente en el conflicto palestino-israelí: “Quiero ser muy neutral y ver si puedo conseguir tener a ambos lados [Israel y Palestina] juntos”, publicaba el diario israelí Haarest[2] este 9 de mayo, añadiendo que Donald Trump consideraba los proyectos de viviendas israelíes en los territorios ocupados de Cisjordania como un “gran punto de fricción en las conversaciones”. Nunca antes un candidato había tenido la osadía de cuestionar la política israelí en los territorios ocupados, (el correcto término que Chris Christe, uno de los fallidos pretendientes a la nominación republicana, usaría en referencia a Cisjordania y Jerusalén del que tuvo que disculparse públicamente[3]).

Si el entusiasmo político que despierta Trump no proviene de la ‘defensa’ de la causa neo-colonial de Israel, tampoco lo es en aspectos de la administración pública americana, o en salvaguardia de los postulados conservadores sino todo lo contrario. El conocido periódico The Washington Post[4] publicó recientemente una encuesta realizada entre los republicanos que muestra cual es el sentir del promedio republicano al respecto:

“El 68% de los votantes republicanos se opone a la reducción del gasto en Seguridad Social y Medicare para aminorar el déficit nacional; el 56% está a favor de aumentar los impuestos a los hogares con ingresos superiores a $ 250.000, y el 39% a favor de aumentar el salario mínimo.”

Todos temas emblemáticos de demócratas y liberales que Donald Trump entendía claramente.

El magnetismo de Trump (y de una mayoría republicana) radica en su posición ultranacionalista lo que significa una amenaza frontal a la supremacía ideológica que sionistas y neo-conservadores detentan en las definiciones de política internacional americana en los partidos Demócrata y Republicano por igual, y en las diversas administraciones norteamericanas. No es extraño por tanto que aparecieran, inmediatamente después de que Trump hiciera conocidas sus posiciones en política exterior, grupos financieramente fuertes en contra de su nominación. CNN[5] menciona el 24 de marzo que estos grupos con el apoyo de la dirigencia del partido republicano habían, a esa fecha, invertido infructuosamente 67 millones de dólares en detener la nominación republicana de Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Todo lo que obtuvieron, sin embargo, fue reforzar entre sus seguidores las posiciones ultra-nacionalistas y por tanto la redefinición ideológica del partido.

Por otro lado, tampoco el conservadorismo evangélico significó una seria amenaza al ultra-nacionalismo de Trump como lo demostraron las pírricas victorias de Ted Cruz, o Marco Rubio, y aquello significó un cambio en el peso específico que la religión evangélica o judeo-cristiana extrema había tenido durante el gobierno del presidente George W. H. Bush. Al respecto, The Washington Post en un artículo de Wes Granbererg-Michaelson, aparecido el 20 de mayo del presente resalta lo que declarara Alan Cooperman, director de investigación de religión para el Centro de Investigación Pew: “El país en su conjunto se está volviendo menos religioso, y está sucediendo en todos los ámbitos[6]“, y por lo tanto, podemos conjeturar, menos inclinado a apoyar aventuras colonialistas basados en interpretaciones bíblicas. ¿Podría ser acaso posible salvar el partido republicano y el soporte a Israel con la elección de la demócrata conservadora Hillary Clinton o el socialista-demócrata Bernie Sanders? Y la respuesta es: Sí con Hillary Clinton y probablemente no con Bernie Sanders.

Fuera del presidente George W. H. Bush, el presidente Bill Clinton es considerado como uno de los mejores amigos de Israel, y Hillary Clinton pretende seguir siéndolo. Para ella, Palestina o los palestinos no existen. En su última aparición frente al súper grupo de apoyo a Israel o lobby pro-Israel, AIPAC[7] la ex-secretaria de Estado sólo habló de su inquebrantable apoyo a Israel, pero, lamentablemente, ni una palabra del pueblo palestino ni de la injusticia a la que se ve sometido. Estas fueron sus palabras; “como presidente, me gustaría continuar (¿!) las negociaciones directas [de paz]. Y permítanme ser clara–Me opondré enérgicamente a cualquier intento por parte de terceros para imponer una solución, incluyendo al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.” Y con referencia a Donald Trump, tratando de “venderse” como la segura defensora de Israel dijo; “Necesitamos manos firmes, no un presidente que dice que es neutro el lunes, a favor de Israel el martes, y quién sabe lo que será el miércoles, porque todo es negociable.” La llegada de H. Clinton a la presidencia permitiría la prolongación–por algún tiempo– de la existencia del partido Republicano como se le conoció hasta no hace mucho, evitando que se mueva peligrosamente a la ultra-derecha, y a Israel continuar con el despojo total del territorio palestino. No es por eso extraño que algunos líderes republicanos se pronuncien abiertamente en sus intenciones en favor de la ex-secretaria Clinton.

Finalmente, revisemos brevemente el papel de Bernie Sanders en su relación con Israel en sus propias palabras, recogidas por el periódico israelí Haaretz este 10 de mayo del presente en un artículo titulado “¿Cuál es la posición de Bernie Sanders respecto a Israel?[8]” Haaretz transcribe lo que la entrevistadora Diane Rehn le dijo declarativamente a Sanders respecto a que ella tenía doble nacionalidad EEUU-Isreal a lo que Bernie Sanders respondió: “Bueno, no, no tengo la doble nacionalidad con Israel. Soy americano. No sé de donde viene esa pregunta. Soy un ciudadano americano, y he visitado Israel en un par de ocasiones. No, yo soy un ciudadano estadounidense, y punto.” En el mismo artículo respondiendo al analista Ezra Klein de Vox respecto si era o no sionista dijo: “¿Un sionista? ¿Qué significa eso? ¿Podría definir esa palabra? ¿Creo que Israel tiene derecho a existir? Claro que si ¿Creo que Estados Unidos debería estar jugando un papel imparcial en cuanto a sus relaciones con la comunidad palestina en Israel? Absolutamente.” Finalmente, Sanders toca un tema que es sacrosanto en el sionismo y es el apoyo militar y económico que Israel recibe de los Estados Unidos, y dice: “…Mi esperanza a largo plazo es que en lugar de verter tanta ayuda militar a Israel, y Egipto, deberíamos proporcionar más ayuda económica para ayudar a mejorar el nivel de vida de las personas en esa zona.” Estos cometarios son extraordinariamente importantes para la causa palestina y peligrosos para el gobierno sionista de Israel. Si Bernie Sanders no hubiese sido judío ya hubiera sido atacado, como de costumbre, con las trilladas frases de anti-semita o anti-judío. El gobierno israelí–y los grupos de apoyo–optaron por ignorarlo públicamente y reducir lo más posible su aceptación entre la comunidad judía-americana. Veamos un ejemplo muy significativo: Nueva York.

El diario israelí Haaretz en su artículo aparecido el 11 de mayo titulado:” Hillary Clinton Takes Jewish Vote in New York Primaries”[9] explica lo siguiente: “Los votantes judíos constituyen entre diez y doce por ciento de los electores de Nueva York…En el distrito número 10 del Congreso –el mayor distrito judío en la nación– Clinton venció Sanders por un margen de 66 a 34 puntos porcentuales. La ex secretaria de Estado también ganó Borough Park, con el 61 por ciento de los votos. Sanders obtuvo el 39 por ciento de los votos judíos ortodoxos.”

La paradoja del cuestionamiento a las políticas colonialistas y limpieza étnica de Israel por parte de Donald Trump y Bernie Sanders han provocado, en el caso de Donald Trump, la exposición del pensamiento nacionalista de éste y el reconocimiento y aceptación de la misma por parte de un gran sector de la población americana, o más específico, el GOP. Bernie Sanders, por otro lado, es el cordero del sacrificio en el altar pro-sionista de la ex-secretaria Hillary Clinton. Pero ambos, Trump y Sanders, indican un cambio en la histórica genuflexión de América hacia Israel.

Lorenzo Orrego

mayo 10 del 2016

Santa Clara


[1] “Israel and the Clash of Civilisations, Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East.”, Jonathan Cook, Pluto Press; pg. 45-48

[2] http://www.haaretz.com/world-news/1.689909

[3] El gobernador de Nueva Jersey Chris Christie se vio el año pasado obligado a pedir disculpas a Adelson (el magnate judío de los casinos) personalmente después de usar el término “territorios ocupados”, cuando el primero narraba su reciente viaje a Israel. El gobierno israelí y por extensión, la mayor parte de los partidarios de Israel en los EE.UU. no consideran Cisjordania y Jerusalén territorios ocupados.

[4] ttps://www.washingtonpost.com/blogs/plum-line/wp/2016/03/10/why-republican-attacks-on-donald-trump-are-missing-the-mark

[5] http://www.cnn.com/2016/03/24/politics/anti-donald-trump-advertising/

[6] https://www.washingtonpost.com/news/acts-of-faith/wp/2015/05/20/think-christianity-is-dying-no-christianity-is-shifting-dramatically/

[7] https://www.youtube.com/watch?v=EtfxZT_lqv8

[8] http://www.haaretz.com/jewish/news/1.671646

[9] http://www.haaretz.com/world-news/u-s-election-2016/1.715455

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Tiempo de cambio en el Perú

Es claro para el común de los ciudadanos que el sistema político del Perú se encuentra dominado por una endémica corrupción y una profunda ineficiencia profesional. Si bien la ineficiencia, requiere una sustantiva preparación profesional y técnica de los actuales (y futuros) servidores públicos. La corrupción prospera porque las leyes no se cumplen, o se cumplen mal. Un aspecto muy importante en el proceso de escoger al próximo presidente–de cualquier país–es saber si el candidato(a) no sólo va a respetar si no hacer respetar las leyes nacionales e internacionales; y en el caso de disentir con algunas de ellas, debe indicar su deseo de cambiarlas a través de los procesos democráticos y legales existentes dé lo contrario se estará abriendo las puertas a la corrupción y al deterioro moral institucional además de personal.

Nuestros políticos tienen que manifestarse respecto al problema israelí-palestino pues del carácter de sus respuestas podremos entender sus compromisos con las leyes nacionales e internacionales, sus posiciones morales (no necesariamente de carácter religioso) basados en principios democráticos seculares universales. Martin O’Quigley, Presidente de la IPSC[1] , dijo:

“Israel es el violador en serie de los derechos humanos y de las leyes internacionales que ha estado oprimiendo a la población nativa de Palestina por casi 7 décadas, y que durante ese tiempo no ha enfrentado ninguna acción concreta de la comunidad internacional como castigo por esos crímenes y violaciones. Por esta razón, –continua O’Quigley– es de vital importancia que los políticos prometan su apoyo a la obtención de la libertad del pueblo palestino, la víctima de uno de los más grandes atropellos morales en la reciente historia[2]“.

El Perú debe crear un movimiento parecido al IPSC de Irlanda (Campaña de Solidaridad Irlanda-Palestina) para, entre otras cosas, pedir a los diversos candidatos su formal compromiso–de llegar al poder–de apoyar acciones concretas en favor de la justicia y la libertad soberana del pueblo palestino. Ni las presiones económicas ni el miedo irracional a hacer justicia deben ser parte del proceso político. El miedo inhabilita la innata capacidad de desarrollo del ser humano, es la fuerza que intenta retrasar cambios cuantitativos y cualitativos en una sociedad determinada en un tiempo determinado. Por eso las ideas, proyectos y acciones que pretendan algún cambio de importancia deben apuntar a quebrar con el pasado y exponer la injusticia que significa negar los derechos de todo un pueblo a vivir en libertad y dignidad en su propia tierra. Si los candidatos no se manifiestan en favor de hacer cumplir las diversas resoluciones de la Naciones Unidas y el derecho universal que reconocen la existencia del pueblo palestino y la creación de su estado soberano, esos candidatos se hacen inmorales y abiertos a la corrupción.

Lorenzo Orrego

Santa Clara,

Febrero 20 del 2016


[1] Campaña de Solidaridad Irlanda-Palestina (IPSC)

[2] http://english.pnn.ps/2016/02/10/irish-solidarity-calls-on-election-candidates-to-pledge-support-to-palestine

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Irán y el cambio

La firma y la ejemplar implementación[1]–hasta el momento– del acuerdo nuclear entre Irán y el grupo de los países más poderosos del planeta, conocido como P5+1 (EEUU, Gran Bretaña, Francia, China y Rusia además de Alemania) obligan a reflexionar sobre la enorme consecuencia geo-política que este acuerdo acarrea para el Medio y Cercano Oriente, el Occidente; y en especial para los Estados Unidos de Norte América y su más cercano aliado y socio, Israel.

Es pertinente mencionar que el mencionado acuerdo nuclear no representa una derrota política para Irán. Por el contrario es, finalmente, el franco reconocimiento de los EEUU a la victoria de la revolución del Ayatollah Khomeini de la primavera de 1979, y la aceptación de un estado musulmán shia–en directa contraposición a la corriente sunni de Arabia Saudita, protector de las sagradas ciudades de la Meca y Medina, además de confiable socio de los Estados Unidos e Israel.

Con respecto a la rivalidad entre Irán de fe shia y una Arabia Saudita sunni, es importante señalar que Irán tiene una población de 7clip_image0028 millones de habitantes, mientras que Arabia Saudita alcanza a sólo 29 millones, es decir que Irán supera Arabia Saudita en 49 millones de personas, de los cuales la gran mayoría (46 millones) es musulmán shia. Por el contrario, el PBI de Arabia Saudita per cápita es $24,161, casi cinco veces superior al de Irán, lo que económicamente le permite a Arabia Saudita convertirse en el cuarto país mejor armado del mundo.

Irán para combatir esta disparidad económica (y militar), evitar un desborde popular interno similar a la Revolución de Egipto del 2011 (que derrocara al presidente Hosni Mubarak) que pueda ser capitalizado por el fundamentalista sunni de ISIS, decide no sólo negociar y dar cumplimiento al acuerdo –básicamente el desmantelamiento de su instalación de plutonio en Arak y del núcleo del reactor, el envío de la mayor parte de su uranio de bajo enriquecimiento a Rusia, y la reducción drástica del número de centrifugas instaladas en Fordow y Natanz–sino que además lo hace en menos tiempo de lo esperado. Obviamente con la esperanza de que las sanciones le sean levantadas a la brevedad.

Este pasado sábado 16 de enero, la Agencia Internacional de Energía Atómica anunció la verificación: Irán había cumplido con todas las obligaciones del acuerdo nuclear. Tras este anuncio, la Unión Europea y los Estados Unidos declararon que las sanciones económicas impuestas a Irán serían levantadas permitiendo a Irán poder acceder a aproximadamente $ 100 mil millones de dólares de activos congelados, vender su petróleo libremente en el mercado internacional, y hacer uso del sistema bancario internacional para las transacciones financieras, actuando como un miembro normal del sistema económico internacional.

Si Vietnam significa la derrota militar norteamericana a manos del comunismo, Irán representa la victoria de la revolución musulmana sobre los EEUU e Israel (no está lejos el recuerdo de los insistentes esfuerzos del gobierno israelí por bloquear el Acuerdo Nuclear en el Senado norteamericano después de reconocer que la administración de Obama no tenía apetito político y militar para bombardear la capacidad nuclear iraní). Significa, además, que por una rarísima ocasión Israel se ve impedida de atacar a Irán, en concordancia con su militarizada doctrina de política exterior, sintetizada en el “uso ilimitado del uso limitado de la fuerza[2]” para disuadir y castigar al contrario. Irán es el único país musulmán de la región, aunque persa, al que Israel nunca ha podido dominar militarmente, y esto favorece la creación de una actitud de invencibilidad y liderazgo.

El resultado más importante del acuerdo nuclear y su rápida aplicación es, probablemente, el acercamiento entre Estados Unidos e Irán en condiciones mutuamente beneficiosas. Este posible escenario ha alarmado a los adversarios árabes de Irán, básicamente Arabia Saudita, y a Israel no cabe duda. El acuerdo, además, no impide al gobierno iraní equiparse militarmente, y al convertirse en el cuarto exportador de petróleo en el mundo las propuestas de venta no tardarán en materializarse, empezando sin lugar a dudas con la industria militar americana.

Si la respuesta de Occidente y en especial de los EEUU a la victoria de la revolución iraní de 1979 hizo que se incorporara negativamente el islam al discurso político mundial –y el OLP y la lucha por la liberación de Palestina pasa a ser parte de la ‘ideología violenta musulmán’ y no el derecho internacional de la autodefensa–, el mensaje actual de los medios de comunicación no es diferente. Recordemos que en esa oportunidad los medios concibieron al islam como un movimiento político más cercano en espíritu al comunismo o fascismo que a alguna religión tradicional; que “no puede ser investigado como lo haríamos con cualquier otra cultura o religión porque, a diferencia de las otras, el islam se ubica fuera de la ‘normal’ experiencia humana, como si de hecho todo dentro de esta religión semejara a un psicopatológico ser humano”, explica Edward Said[3].

De poco sirve la experiencia de la Guerra del Golf de 1991 que devela las diferentes corrientes del islam y cuestiona doctrinalmente la presencia de tropas extranjeras en Arabia Saudita, aún en el presente los medios corporativos de comunicación insisten en la misma definición del islam. Los candidatos a la nominación republicana a la presidencia de los EEUU, por ejemplo, politizan con vehemencia visceral el ‘peligro’ del islam sin querer entender todas sus consecuencias. Como señala J, Esposito,[4] la guerra de 1991 galvanizó un breve nacionalismo anti imperialista árabe cuando arreciaban durísimos ataques ideológicos de Occidente contra Irak y el secular Sadam Hussein.

El conflicto israelí-palestino que el Irán revolucionario juró hacerlo suyo no ha jugado todavía ningún papel político, ¿Podría acaso Irán ofrecer participar en la destrucción de ISIS, además de ayudar a la estabilización de la zona a cambio de exigir la liberación final de Palestina? Irán se convertiría en un viable líder islámico en contraste con el liderazgo que pretende el califato de ISIS. La comunidad europea respaldaría la propuesta con el fin de librarse de la presión que los millones de refugiados sirios e iraquíes ejercen en su ya maltratada economía.

Si el lenguaje actual de los políticos y la prensa no difiere del discurso del pasado respecto a la supuesta ‘amenaza’ del Islam a la cultura occidental[5], la capacidad de comunicación si ha variado en la medida que ya no es patrimonio exclusivo de las corporaciones. La comunicación se ha democratizado gracias a las redes sociales del Internet, y el activismo liberal demuestra creciente independencia intelectual. Este acercamiento entre los Estados Unidos e Irán, producto de concretas circunstancias políticas, y el desarrollo de una prensa más universal inquieta sin lugar a dudas a Israel y Arabia Saudita por igual.

Lorenzo Orrego

Santa Clara

23 de enero del 2016


[1] https://www.whitehouse.gov/issues/foreign-policy/iran-deal

[2] Maoz, Zeev, Defending the Holly Land” pg 296, University of Michigan, 2009

[3] Edward Said, “Covering Islam”, pg xviii, Vintage Books, March 1997.

[4] John L. Esposito, “The Islamic Threat, Myth or Reality”, pg 253, Oxford University Press, 1992

[5] John L. Esposito, “The Islamic Threat, Myth or Reality”, pg 252, Oxford University Press, 1992

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El acuerdo nuclear con Irán

El senado americano se encuentra próximo a votar la ratificación del acuerdo nuclear que las potencias mundiales, con el liderazgo de los Estados Unidos, habrían logrado con la República Islámica de Irán. El acuerdo que finalizó el mes pasado después de más de un año de intensas negociaciones, tiene la capacidad de hacer retroceder el programa nuclear de Irán a niveles de investigación y usos pacíficos, además de la expresa prohibición de la producción e investigación de armas nucleares a cambio de un alivio en las duras sanciones económicas.

Tres grupos importantes han declarado su apoyo al acuerdo. En primer lugar están los más destacados científicos nucleares que tienen que ver con la investigación, desarrollo y producción nuclear con fines pacíficos y bélicos norteamericanos. Un segundo grupo lo constituye los líderes religiosos judíos. Finalmente, el tercer grupo de apoyo al tratado nuclear está compuesto por importantes militares israelitas (y americanos), además de connotados miembros, algunos en el retiro, de los servicios de inteligencia israelí.

Veintinueve de los más importantes científicos de la nación, incluyendo premios Nobel, expertos en armas nucleares y ex asesores en asuntos de ciencias a diversas administraciones de la Casa Blanca – la mayoría con credenciales Q que les dan acceso a información ultra secreta respecto al diseño de armas nucleares y que se considera del más alto nivel de seguridad nacional– recientemente escribieron al presidente Obama exaltando el acuerdo con Irán, al que calificaron de “innovador y riguroso”. Es de destacar que la primera firma en la carta es de Richard L. Garwin, el físico que ayudó a diseñar la primera bomba de hidrógeno del mundo y que ha asesorado a las diversas administraciones en Washington sobre armas nucleares y el control de las mismas.

La carta de aprobación de los científicos da de hecho importantes argumentos a la Casa Blanca después del golpe que el presidente Obama sufriera el pasado jueves, cuando el senador demócrata Chuck Schumer, de Nueva York, y una de las voces judías más influyentes en el Congreso, anunció que se opondría al acuerdo. La carta de los científicos reafirma no sólo el hecho que el acuerdo en gran medida mitiga “las preocupaciones sobre actividades clandestinas”, sino que además reconoce que el lapso de 24 días para efectuar investigaciones en cualquier lugar en Irán es racional describiéndolo como “sin precedentes”, y añade que el acuerdo permitirá una inspección eficaz a presuntas actividades ilícitas que pudieran efectuarse por parte del gobierno iraní.

Respecto al segundo grupo, más de 340 rabinos estadounidense de “todas las corrientes del judaísmo” han firmado una carta anunciando su apoyo al acuerdo nuclear –a pesar de todos los esfuerzos del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en su descarada interferencia en las deliberaciones internas del país y en las relaciones entre las naciones, además del esfuerzo por desprestigiar al presidente Barack Obama al presentarlo como un “débil pacificador”.

El asunto del acuerdo nuclear pone además de relieve, las diferencias dentro de la comunidad judía estadounidense, por un lado, y por el otro, a los “halcones” neoconservadores estrechamente conectados a legisladores del Congreso, mayormente republicanos, conocidos por sus doctrinas belicistas y patrioteras. El acuerdo expone, además, a aquellos que realmente no quieren ver algún tipo de solución pacífica a la perpetua inestabilidad del Medio Oriente. Los rabinos explican: “Estamos profundamente preocupados con la impresión de que los dirigentes de la comunidad judía estadounidense están unidos en oposición al acuerdo”, y afirman categóricamente: “Nosotros, junto con muchos otros líderes judíos, apoyamos plenamente este acuerdo nuclear histórico”, y añaden, “[f]elicitamos a los EE.UU., al presidente y al equipo de negociación por su dedicación en lograr un acuerdo que impide a Irán la obtención de armas nucleares. Este acuerdo es bueno para Estados Unidos, para nuestros aliados en la región, y es el mejor arreglo posible dadas las actuales realidades internacionales.”

Un tercer grupo importante, formado por militares israelitas en apoyo al acuerdo nuclear es resaltado en el diario israelita Haaretz. El diario publicó este 5 de agosto una impresionante lista de altos mandos militares israelitas los que escribieron una carta conjunta al primer ministro israelí Netanyahu instándolo a apoyar el acuerdo nuclear con Irán.

Las palabras de advertencia del rabino Samuel Gordon deben llevar a la reflexión: “Si el Congreso rechaza finalmente el acuerdo, las consecuencias para los Estados Unidos, Israel, la comunidad judía y el mundo serán significativos. Tememos que el resultado sea el colapso del régimen de sanciones internacional, la aceleración por parte de Irán para obtener armas nucleares, una carrera armamentista en el Medio Oriente y el aislamiento de Israel y los Estados Unidos como aliados internacionales.”

Lorenzo Orrego

Santa Clara

agosto 19 del 2015

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Las muchas muertes de Abel

El nacimiento de una nación es, sin duda, un desarrollo histórico real y no puramente espontáneo. Es un proceso de consolidación, y como señala Ernest Gellner, una nación consolidada está íntimamente conectada con la formación de una cultura unificada como sólo puede existir en una sociedad que no es ya agraria y tradicional[1]. En ese sentido la acción política de crear y desarrollar una cultura ad hoc se convierte en el elemento clave para la constitución de cualquier nación. La nación es una entidad socio-político que demanda lealtad, y tal como lo hacen las comunidades religiosas, articula rituales, festividades, ceremonias, adquiere mitos[2]; crea además una memoria colectiva como producto de un consciente amalgamiento ideológico nacionalista.

Gellner remeció el antiguo concepto de nación–considerado por largo tiempo como un fenómeno “antiguo, aunque primitivo”– cuando expresó: “Es el nacionalismo el que engendra la naciones y no al revés”. Eric Hobsbawn expandió esta audacia intelectual de Gellner al añadir que la nación es un fenómeno dual construído esencialmente desde arriba el cual no pude ser totalmente comprendido a menos que sea estudiado desde abajo, es decir en términos de las asunciones, esperanzas, necesidades, emociones, e intereses del común de la gente[3]. Nacionalismo es simultáneamente ideología e identidad, y estas constituyen el lente a través del cual los individuos llegan a tener sentido del mundo. Es de hecho una condición subjetiva.

Para el sionismo, como para cualquier movimiento nacionalista, es vital el ethos el cual debe ser modelado según el plan político central. Vale decir, el lenguaje histórico, las costumbres y creencias populares, la presunción y adscripción a una historia originaria única (mejor si es heroica, mágica y sobrenatural) son transformados y mezclados desde arriba para dar cumplimiento a su proyecto nacionalista. En el caso del sionismo, la creación no solo del Estado de Israel si no la definición de un nuevo tipo de judío que desempeñe su papel racial de ‘pueblo escogido”. Todo lo que se necesita para insertar, acelerar y preservar el concepto y sentimiento nacionalista es, como lo explica el sociólogo William Ganson, identificar la causa de la injusticia en el Otro y buscar su exclusión. Para el historiador Eric Hobsbawn, el concepto y programa nacionalista implica exclusión de ese Otro. Pero para el sionismo ¿es ese Otro único o tiene matices y por tanto respuestas que van desde la aceptada resignación hasta el rechazo total? ¿Quién es ese Otro?

Conflicto entre judíos europeos.

Se estima que poco antes de la Segunda Guerra Mundial el número de personas que se reconocían como judíos y que hablaban diferentes dialectos del yiddish era más de diez millones, actualmente no hay más de unos cuantos cientos, principalmente entre los haredim, la estricta corriente judía ortodoxa autodenominada los “Temerosos de Dios”. La realidad es que toda una cultura y lenguaje popular yiddish han sido destruídos hasta el punto que es imposible traerlos de vuelta. Y esta extinción no es producto del régimen nacionalista nazi, como a primera vista pudiérase pensar, sino que es el resultado de una clara acción política sionista en la imposición de una nueva cultura.

Los primeros colonizadores de Palestina habían estado sumergidos en la cultura yiddish del Este de Europa y sufrían el escarnio del judío alemán–ashkenazim–que consideraba el yiddish como una “jerga menor.” (Ni Theodoro Herzl ni Edmond de Rothschild, padres del sionismo, podían comunicarse en yiddish). El sionismo entendió que necesitaba un lenguaje que pudiera no sólo unir a todos los judíos del mundo, sino que además ayudara a la creación del nuevo tipo de judío, uno capaz de romper con la cultura popular ‘primitiva’ de sus padres y ancestros, y de los miserables municipios de la Pale of Settlement o Zona de Asentamiento.[4] Sin embargo, la actitud despectiva que los askenazíes (viejo término para el refinado judío alemán) tenían hacia los ostjuden como peyorativamente se les llamaba a los judíos de Europa del Este sufriría un cambio en sentido inverso.

Los descendientes de los primeros colonos sionistas de Europa del Este se convirtieron en la elite política dominante y no tardaron en dar a conocer y generalizar su desdén por los yekes o judíos alemanes como se los llamaba despectivamente. Los colonos sionistas que antes se habían expresado en yiddish no veían con buenos ojos a los judíos alemanes que llegaban a Palestina a partir de la segunda Guerra Mundial (debido al cierre momentáneo de las fronteras norteamericanas, su destino favorito). Los llamaban “judíos asimilados” que trataban a todo precio de importar a la tierra de la Biblia la cultura y lenguajes alemanes. El término “askhenazim” sin embargo no desapareció del vocabulario judío si no que tomó características diferentes en manos de la nueva elite dominante en Israel, los judíos de Europa del Este.

Sholomo Sand, en un interesante análisis comparativo, explica que la apropiación del término “askhenazim” por los judíos de Europa del Este se dirigía a construir el mito del origen histórico del judío a Occidente, precisamente a la civilizada Alemania y no a la ‘inferior cultura del Medio Oriente’; de la misma manera como los escritores de la Biblia se apoderaron del término Israel –el prestigioso nombre del reino al norte de Canaán– para otorgárselo al reino de la no muy próspera Judea del sur y llamarse a sí mismos “el pueblo escogido.”[5] Actualmente el término “askhenazim” se refiere a cualquier judío con raíces europeas, excepto aquellos provenientes de la península Ibérica llamados Sefarditas.

Políticamente ni el alemán ni el yiddish servían como el lenguaje de la nueva nación judía. Los lingüistas sionistas se impusieron la tarea de crear lo que llamarían el “idioma hebreo” cuyo léxico principal provendría de los libros de la Biblia –escritos en arameo y asirio– armándolo además de una sintaxis yiddish y eslava y por lo tanto no bíblica. La dirigencia política impuso dicho lenguaje a pesar que muchos judíos sionistas preferían el idioma (y la cultura) alemán. Theodoro Herzl, por ejemplo, anhelaba que los habitantes del estado judío hablaran su lengua, el alemán, así mismo, Vladimir Jabotinsky, el políglota líder del sionismo revisionista y teórico del militarismo judío que buscó vigorosamente la latinización del alfabeto hebreo, decía: “…El hebreo es inadecuado para el tratamiento de conceptos abstractos y de la expresión precisa del pensamiento…La dificultad radica en su arcaica estructura…”[6]

Pero el sionismo había decidido incorporar más activamente la religión a su esquema político –pues sin ella se encontraba huérfana de ritos, símbolos, leyendas e historia sagrada. El nuevo idioma hebreo permitiría la simbiosis religión-política, y la inteligencia dejó de promover el estudio de la lengua y cultura yiddish. Precisamente, la Universidad Hebrea de Jerusalén que oficialmente abriera sus puertas en 1925, veintitrés años antes de la fundación de Israel, por mencionar un ejemplo representativo, no tuvo un departamento académico de yiddish ni estudiantes que estuvieran interesados en su estudio hasta 1951. La popular lengua yiddish recibió sentencia de muerte a manos del sionismo en favor de su lenguaje, que el historiador judío Sholomo Sand llama propiamente el “idioma israelí”, dándose inicio a la transformación de una cultura popular del Cercano Oriente, mística y “primitiva”–según el sionismo– a una cultura impuesta, occidental, civilizada y más secular. Distinta.

Se debe señalar que algunos grupos políticos judíos entendieron claramente el peligro de la aventura sionista de insertar la cultura alemana en Palestina. Uno de ellos fue sin duda el gran partido social-demócrata judío del imperio ruso, “Bund”, que valoraba la cultura popular reinante y sostenía que “no había necesidad de un disfraz religioso con el fin de constituir una identidad de clase semi-nacional” [7]. Entendía que parte de la experiencia histórica judía sería erradicada sin mayores consideraciones en favor de un ideal político. (Por eso no debe llamar la atención la erradicación brutal de pueblos y nombres palestinos a manos del sionismo y el Estado de Israel.)

Aunque el proyecto de recrear el idioma hebreo a partir de algunos libros de la Biblia era (y es) irreal, fue políticamente astuto. El mismo nombre, hebreo, permite una conexión con Abraham, el primer hebreo y padre de Israel, y Jehova. El historiador Sholomo Sand, advierte: “La presunción que el sionismo puede resucitar el antiguo lenguaje hebreo y la cultura de la ‘gente de la Biblia’ se basa en no más que la búsqueda mítica de una referencia nacional”[8], además de la ficción narrativa de una ininterrumpida continuidad histórica desde Abraham y Dios mismo hasta el presente.

El acoso del judío-árabe por el judío europeo.

Si no se puede omitir el conflicto “yekes-ostjuden” tampoco la hostilidad que experimentaron los judíos ortodoxos y los provenientes de los países árabes –mizrachi–quienes se veían constantemente obligados a esconder sus orígenes orientales. El primer ministro Ben-Gurion los describía como carentes de la más mínima educación, “sin trazas de judío o de educación humana” y añadía: “Estamos obligados a la lucha contra el espíritu del Levante que corrompe a los individuos y la sociedad.[9]” Jabotinski expresaba que los judíos ortodoxos “impiden el estudio científico, comprometen la situación de la mujer e interfieren con el quehacer de la vida diaria”[10]. Nahum Goldmann, presidente de la Agencia Judía afirmaba que “un judío de Europa del Este vale el doble que un judío de Kurdistán” y sugirió la repatriación de un pequeño número de ellos[11]. Golda Meir decía: “¿Podremos alguna vez ser capaces de elevar a estos inmigrantes a la cultura occidental?”[12] Los judíos sefarditas, por otro lado, aquellos que radicaron por cientos de años en la península ibérica y emigrarían después debido a su expulsión de España al Maghreb, Egipto e Italia, Grecia y Turquía, Siria, Palestina, Holanda y el Nuevo Mundo estaban considerados a un nivel algo superior respecto del judío mizrachi, pero menos que los de ascendencia europea.

A Ben-Gurion, forjador de Israel, le preocupaba que los judíos mizrachi que arribaban podían convertir a Israel en un estado árabe. Se les comparaban apenas mejor que “los árabes en general, los Negroes (pueblos de África al sur del Sahara) y berberiscos (los habitantes del norte de África).” Los llamaban “…elementos asociales…adictos al alcohol, juegos y prostitución…)[13] El nivel de desprecio por los judíos árabes, inclusive por los judíos ortodoxos de Jerusalén nunca se trató de resolver hasta que en la década de 1970 los activistas mizrachi se lanzaron en una agresiva campaña para convencer al grupo de poder que ellos no eran árabes y acabar con aquella imagen negativa. Gran parte de esta ira fue dirigida contra el partido Laborista que gobernó Israel desde 1948 hasta 1977. Naturalmente el partido derechista Likud capitalizó esta rebelión y permitió a Menachem Begin llegar al poder. Lo importante aquí es la respuesta que el Likud da a esas imágenes negativas de ser oriental: “Los mizrachis son modernos y judíos, no árabes–de hecho son tan europeos (el subrayado es mío) como cualquier otro judío.”[14] Es claro que el sionismo buscaba reafirmar una conexión cultural judía con Europa y no con el Medio Oriente. En la actualidad la discriminación contra este sector judío de Israel es menos evidente pero persiste. Su nivel socio-económico está apenas por encima del ciudadano árabe-israelí[15].

Como el judaísmo no se define sobre ideas o principios antropocéntrico, vale decir la visualización y la interpretación de todo en términos de la experiencia y los valores humanos, si no en términos etnocéntricos, del Yo, la perpetuación de este etnocentrismo a manos de una entidad esencialista y no religiosa conlleva a promover una conducta de supremacía racial, en este caso europea, en la tierra de la Biblia (y fuera de ella). Durante la festividad judía del ‘Hanukka’, por ejemplo, los niños pequeños en las escuelas cantan una antigua canción que dice: “Aquí venimos con fuego y luz a expulsar la oscuridad…”, pero se expulsa lo que ya existe, al otro que no es europeo.

El judío sionista, y el pueblo musulmán y cristiano de ascendencia judía

El conflicto que el Estado de Israel tiene en contra del “otro”, muchos de origen judío, necesita discutirse fuera de la narrativa bíblica en favor de términos historiográficos y científicos. El hacerlo va a permitir reconocer objetivamente el verdadero carácter de la doctrina sionista y por ende la del Estado de Israel –además de arrojar luces para la solución de una iniquidad histórica que clama con su sangre, como la del Abel bíblico, justicia.

Es innegable que el período “post-Shoahgoyim” o posterior al Holocausto ha generado una íntima identificación del judío israelí y de la diáspora como un grupo étnico de raza eterna, cuya política de dominación y control sobre aquellos que son vistos como no-judíos, específicamente palestinos, no es de competencia mundial. Es bíblico y por tanto sobrenatural. El uso constante del “otro” en contraposición a “nosotros” los escogidos permite a Israel permanecer al margen de la ley y de los compromisos internacionales. No obstante ese “otro” también es “nosotros” es decir judío y esta es la mayor tragedia interna del sionismo.

Se atribuye que gran parte de la escritura de la Biblia fue durante el período persa y aún en el helenístico–aunque es dudoso que alguna vez se pueda saber con certeza quién la escribió y cuándo–. Lo importante es que la Biblia fue transferida de los anaqueles de tratados teológicos a la sección de historia y partidarios del nacionalismo judío comenzaron a leerla como si fuera un testimonio fiable de procesos y eventos. La Biblia fue elevada a la categoría de mito-historia, poseedora de una verdad incontrovertible. Las Escrituras se convirtieron en el centro de la santidad secular que no podía ser discutida. Cualquier estudio que se aleje de esa verdad santa es herejía, blasfemia, o antisemitismo, de hecho un absurdo moral y científico. La elite intelectual y política ayudó a consagrar una sagrada trinidad: Biblia-Nación-Territorio, convirtiendo a la Biblia en el factor principal del “renacimiento” del estado israelí.

Aún ahora, si las evidencias arqueológicas señalan contradicciones al relato bíblico, políticos e intelectuales abandonan las pruebas por el discurso bíblico-sionista. Las palabras de Ben-Gurion son más que gráficas: “Cuando encuentro contradicciones entre la Biblia y las evidencias externas (descubrimientos arqueológicos o epigráficos), yo no estoy obligado a aceptar esas fuentes externas.”[16] La Biblia le es extremadamente útil al sionismo pues entre otras funciones, alimenta los conceptos fundamentales de desarraigo y deportación de la tradición judía. Desde la expulsión del Edén, pasando por la migración de Abraham a Canaán, o la llegada de Jacob a Egipto el tema recurrente es el pueblo judío errabundo, desarraigado, en exilio pero que siempre retorna a la Tierra Prometida.

El sionismo valora la deportación pues presta servicio a su incólume identidad étnica y al reclamo de una tierra histórica. Sholomo Sand señala:

“El ultra-paradigma de la deportación era esencial para la construcción de una memoria a largo plazo en el que una raza imaginaria de personas exiliadas pueden describirse como los descendientes directos del antiguo “pueblo de la Biblia”[17].

Un examen histórico serio demuestra que después de la caída del reino de Judea en el año 70 e.c., por el emperador romano Tito, y la subsecuente dominación de Palestina por el emperador Adriano en el año 132 e.c., nunca ocurrió el llamado “segundo exilio”. No se han encontrado evidencias historiográficas determinantes que prueben su existencia. En ninguna parte de le extensa documentación romana existe mención alguna a una deportación en Judea, tampoco indicios de grandes masas de refugiados alrededor de la fronteras de Judea, que es lo que correspondería en el caso de una huida masiva. Los romanos nunca deportaron poblaciones enteras, tampoco los asirios o los babilónicos –aunque es cierto que estos dos últimos imperios tenían mecanismos para deportar a las elites administrativas y culturales que el imperio romano no empleó–. No tendría sentido la deportación masiva pues la población conquistada estaba obligada a tributar a las arcas romanas, (o babilónicas, o árabes según el caso). Ben-Zion Dinar, y Yitzhak Baer los dos primeros historiadores profesionales sionistas de la Universidad Hebrea de Jerusalén sabían perfectamente que después de la destrucción del Segundo Templo por los romanos no hubo una forzada expulsión de judíos; lo que hicieron fue mover el exilio hasta el siglo séptimo e.c., es decir la conquista musulmana, como se verá más adelante.

Ciertamente, en el año 587 a.e.c, el rey Nabucodonosor de Babilonia conquistó el reino de Judea y mandó destruir el (Primer) Templo de Jerusalén. Lo que no se ajusta a los hechos históricos, sin embargo, es la narrativa bíblica de una forzada y masiva expulsión de hebreos a Babilonia. Nabucodonosor llevó cautivos a un número indeterminado de judíos a Babilonia pero básicamente fueron de la elite cultural de Judea, no los campesinos. En el año 538 a.e.c., gracias al rey persa Ciro II, esta élite que se había nutrido de la avanzada cultura babilónica, retorna y encuentra una Palestina atrasada, mixta y politeísta, Debe recordarse que los hebreos de Canaán, a pesar de tener la ley de Moisés, no diferían de los pueblos paganos circundantes y hasta el exilio a Babilonia persistentemente habían rechazado los mandamientos divinos.

Los intelectuales venidos de Babilonia, se abocaron a la construcción de una conciencia nacional, de una moderna identidad colectiva para lo cual se necesitaba teología y mitología. Las fuentes determinarían la sustancia. El sacerdote aarónico Esdras de Babilonia recopila parte de la tradición hebrea y escribe el libro que lleva su nombre además de Crónicas–algunos investigadores creen que escribió otros libros más– que se incorporarían a la incipiente Biblia. Además, es en el Talmud babilónico que se establece por primera vez la conexión de la destrucción del Templo y el exilio masivo de los hebreos, desapareciendo de esta manera una historia de ‘atraso’, paganismo y mezcla racial en Palestina. Israel se construiría sobre los restos de los antiguos reinos de Israel y Judea como una nueva entidad nacional con el nombre de Israel, gracias a consideraciones nacionalistas, proto-sionista, sin lugar a duda.

En virtud del auge del pensamiento nacionalista se comenzó a ver a la Biblia cada vez más como una obra compuesta por seres humanos que se esfuerzan en la reconstrucción de un pasado, y que funciona como un marcador étnico pues resalta un origen común (y divino) para individuos de diferentes culturas y antecedentes históricos. Además, con la aparición en el siglo XVII de la filosofía moderna y especialmente a partir de los trabajos filosóficos del judío-portugués Benedicto Spinoza y del inglés Thomas Hobbes, se genera un contínuo debate acerca de la identidad de los autores de la Biblia pues ello permitiría ubicar los textos en específicas eras y arrojar luz respecto a los motivos que llevaron a la escritura de este magnífico texto revolucionario.

A la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 e.c., el Imperio Romano de Oriente o Bizantino, se aboca a la tarea de reconstruir su viejo esplendor y poderío para lo cual, entre otras medidas, impone la religión cristiana en todo su dominio. En el año 324 e.c. la provincia Palestina se constituye en un protectorado cristiano por lo que se erigen iglesias cristianas ortodoxas; sin embargo, lo más importante es que una gran parte de su población, compuesta de árabes, judíos y otros grupos étnicos, se convierte al cristianismo- mayormente a la fuerza. Esta trasmutación de credo, del que hay abundantes evidencias historiográficas, da inicio a una situación que se acentúa aún más con el dominio del Imperio Otomano (1299-1922) y el Islam.

Muchos investigadores coinciden en que entre la caída del reino de Judea en el 70 e.c., y la conquista musulmana, seis siglos después, hubo una mayoría judía que radicó entre el río Jordán y el Mediterráneo, población que no se ve mermada físicamente por el “exilio” forzado, si no por su conversión al cristianismo (luego al Islamismo). Evidentemente la difusión del cristianismo y el islamismo no eliminó la presencia judía, cuyos descendientes forman mayormente la corriente judía ortodoxa en Jerusalén de hoy día.

En el año 636 e.c. Palestina es conquistada por los árabes musulmanes. Uno de los secretos del poder del Imperio Otomano radicaba en su relativa actitud liberal hacia las religiones de los pueblos conquistados. En particular, Mahoma ordena que se trate a los judíos y cristianos como “pueblos del Libro” –en referencia a la Biblia–, y en una carta a sus comandantes dice: “cualquier persona, judío, o cristiano, que se hace musulmán es uno de nosotros, es un creyente, y no está obligado a pagar impuestos.”[18] El beneficio de la excepción tributaria atrajo un gran número de conversos[19]; además, los judíos que habían sufrido persecuciones durante el imperio Bizantino dieron la bienvenida a los nuevos conquistadores regocijándose con su llegada. Baer y Dinur reconocen que la presencia judía como tal se reduce a partir de la conquista musulmana pero no debido a la erradicación de la población si no por la conversión religiosa, y por consiguiente la transformación del “ethos” judío que el sionismo encontraría al inicio de su programa político.

Es razonable asumir que un lento y moderado proceso de conversión tomó lugar en Palestina/Israel que explica la desaparición de la mayoría judía, y que la dirigencia sionista entendió con claridad. En 1967, Abrham Polak, fundador del Departamento de Estudios del Medio Este y África del Norte en la Universidad de Tel Aviv, además de confirmado sionista, en un fascinante ensayo llamado “El origen de los árabes en el país”[20] no disputa el hecho de que todos los palestinos eran, sino directos, exclusivos descendientes de los judíos; él sabía que por cientos de miles o aún cientos de años cualquier población, especialmente en tales encuentros geográficos, entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, se mezclaría con sus vecinos, sus cautivos o sus conquistadores. Estas mezclas se aprecian en las comidas y bebidas, el idioma árabe, por ejemplo contiene expresiones y palabras arameas y hebreas. Polak, enemigo de la supresión de la memoria colectiva, buscó se estudie la posibilidad de una continuidad demográfica de la población rural, la “gente de la tierra”, desde la antigüedad hasta el presente. Indudablemente, lo que la historia no quiere narrar, lo omite. ¿Cómo reclamar en todo caso una tierra que ya se posee? Ninguna universidad tomó el reto investigativo, tampoco se asignaron fondos ni estudiantes para el proyecto, y esto acaecía en 1967, en el victorioso año de Israel.

Israel Belkind, uno de los primero sionistas que se asentaron en Palestina y líder del movimiento BILU[21]estaba convencido que él y sus pioneros compañeros estaban encontrándose con “un buen número de nuestra gente…nuestra propia carne y sangre.”[22] Para Belkind, el origen étnico significaba más que la religión y la cultura diaria que se deriva de ello; argumentaba, además, que era imperativo revivir la conexión espiritual del “miembro perdido” del pueblo judío, para desarrollar su condición económica y reunirse en un futuro común. El sionismo tuvo un muy breve período de inclusión pero el auge del nacionalismo local hizo que los educados colonos entendieran que su etnocentrismo no tenía futuro. La asunción, errada por cierto, de que resultaría fácil asimilar a una “pobre y primitiva cultura oriental”, y ante la primera resistencia de la población, los descendientes de campesinos judíos se desvanecieran de la narrativa sionista para integrar el “otro”, el palestino sin tierras e historia.

Esta conducta de omitir los hechos para favorecer el plan sionista no fue nueva; no sólo se empleó en relación a los nativos de Palestina, también se usó para omitir las masivas conversiones al judaísmo alrededor del Mediterráneo. Si la memoria de estas conversiones masivas se hubiesen preservado, la “meta-narrativa” de la biológica unidad del judío –cuya genealógicas raíces pueden llegar hasta Abraham, Isaac y Jacob– se hubiera seriamente erosionado. Por ello es importante la historia del mito del exilio ya que permite preservar intacta la línea histórica y reafirmar una genealógica afiliación hebrea-europea. En manos del sionismo, el judaísmo se seleccionó, es decir se escogió el pueblo.

A la luz de las tragedias de la primera mitad del siglo veinte, no sólo se entienden las conexiones emocionales de los judíos hacia Israel sino que además sería tonto criticarlas. Sin embargo bajo ninguna circunstancia dicha innegable conexión emocional requiere de un estrecho vínculo entre la concepción del judaísmo como una esencia eterna y ahistórica por un lado, y por la otra, el enorme soporte que el judaísmo y sus simpatizantes dan a las políticas de segregación, ocupación y colonización inherentes al Estado de Israel.

El largo y tormentoso siglo de fobia judía que el mundo occidental experimentó aproximadamente entre 1850 y 1950 ha definitivamente terminado a pesar de que, con el claro objetivo de mantener el statu-quo político en el Medio Oriente[L1] , muchos tratan de igualar un persistente pero marginal antisemitismo con la poderosa y dominante “judeofobia” del pasado. La consecuencia, sin embargo, probablemente inesperada o mal calculada, son el debilitamiento no ya del sionismo y del Estado de Israel, sino de toda la cultura occidental judeo-cristiana.

Lorenzo Orrego

Santa Clara

junio 20 del 2015


[1] Ernest Gellner, “Nations and Nationalism” pg., 6

[2] Sholomo Sand “The invention of the Jews People” Verso pg, 39

[3] Eric Hobsbawn, “Nations and Nationalism since 1780”, Cambridge University Press, 1992, pg 10-11

[4] La región del imperio ruso que abarcaba parte de Polonia y una extensa franja entre el Mar Caspio y el Mar Negro en la que los judíos fueron permitidos establecerse permanentemente.

[5] Sholomo Sand,“The invention of the Jews People”, Verso pg, 43

[6] Arthur Koetsler, “Promise and Fulfillment”, New York: Mc Millan, 1949, pgs. 312-13

[7] Bernard Avishai, “The Tragedy of Zionism”, Helio Press, New York, pg. 127

[8] Sholomo Sand “How I Stopped Being a Jew” Verso 2014, pg.41

[9] Ilan Pappé ,“The Idea of Israel”, Verso 2014 pg. 183

[10] Bernard Avishai, “The Tragedy of Zionism”, Helio Press, New York, pg. 127

[11] Ibid pg. 184

[12] Sami Shalom Chetrit, “the Mizrachi Struggle in Israel, Between Oppression and Liberation, Identity and Alternative, 1948-2003” Tel Aviv: Am Oved, 2004, pg. 65

[13] Ilan Pappé ,“The Idea of Israel” pgs, 183-4

[14] Idf, pg, 184

[15] Salvo quizás la situación del judío ortodoxo actual. Producto del conflicto racial-cultural este sector de la población judía logra un status especial: no están obligados a servir en el IDF (Fuerzas Armadas de Israel), y están exceptuados de trabajar.

[16] Ben Gurion, “Biblical Reflections.”, pg. 60-1

[17] Sholomo Sand,“The invention of the Jews People”, Verso pg, 130

[18] Ben-Zion Dinur, “Israel in Exile”, Vol 1, pg. 164

[19] Está política tributaria del califato sería modificada después dado que las masivas conversiones al Islam amenazaban con drenar los cofres fiscales del imperio Otomano.

[20] Abraham Polak, “The Origin of the Arabs on the Country”, Molad, 213, pgs. 297-300

[21] BILU fue un movimiento cuyo objetivo era el asentamiento agrícola en la Tierra de Israel. Sus miembros eran conocidos como Bilu’im

[22] Israel Belkind, “The Arabs in Eretz Israel”, Tel Aviv, Hameir, 1928, pg. 8


[L1]

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La tierra prometida

1. Acerca de la promesa espiritual

En estos tiempos, el aforismo de La Tierra Prometida es Israel en Palestina–sin discusión de su divinidad (para los cristianos) o creación. Una tautología que creyentes o no han aceptado como verdad. Un dogma en el judaísmo y el cristianismo por igual, basado en la llegada del Mesías para la fe hebrea, o la Segunda Venida del Mesías para los cristianos. Dos conceptos mesiánicos diferentes[1] pero que se amalgaman cuando se refiere al poder y a Israel.

En realidad la promesa de la Tierra Prometida para el cristianismo se compone de tres promesas en una. Lo natural –el retorno a la tierra prometida y el gobierno mundial– depende de la divina presencia de Dios en la Tierra. Es el Mesías en poder y esplendor, según las Escrituras cristianas, que restaurará a los hijos de Jacob e Isaac en Palestina. –Es claro que el factor determinante de esta promesa cristiana no está en el hombre, con todo el poder natural que se quiera, si no en Dios, si es que realmente se quiera creer en una promesa divina–. Para el judaísmo el Mashiach traerá la redención política y espiritual del pueblo judío al traerlos de vuelta a Israel y la restauración de Jerusalén (Isaías 11: 11-12; Jeremías 23: 8; 30: 3; Oseas 3: 4-5). Él establecerá un gobierno en Israel que será el centro de todo gobierno mundial, tanto para los judíos como para los gentiles (Isaías 2: 2-4; 11:10; 42: 1). De cualquier forma sin la presencia del Mesías o Mashiach no puede darse el cumplimento de la promesa del retorno a la Tierra Prometida. Puede parecer todo lo milagroso pero el Mesías de las Escrituras está ausente; tampoco existe la Era Mesiánica donde todas las naciones reconocen al Dios de Israel como el supremo soberano que ama la paz y la justicia. En estos años de existencia del estado de Israel las realidades del mundo indican otra cosa

Se debe recordar que en 1948–sin el Mesías–producto del esfuerzo político del movimiento sionista nace Israel y se siembra la semilla de la discordia en el todo el Medio Oriente. No la paz ni la justicia. En sus más de sesenta y seis años de existencia como estado, Israel ha provocado todas las guerras que ha enfrentado con sus vecinos –limítrofes o no– por razones de expansión territorial, limpieza étnica o para mantener su hegemonía militar y atómica en la región[2].

Si se cree que el desalojo brutal de palestinos de su tierra a manos de Israel es una “bendición espiritual”, se comete un error pues el calificativo debe ser terrorismo religioso estatal. Tiene todos los elementos para tal, (la creación sangrienta de un estado basado en profecías religiosas). Pero lo realmente trágico es que ni la memoria colectiva ni la empatía, logran hacer reconocer en el pueblo judío la magnitud de los actos de terror que sistemáticamente el gobierno israelí ocasiona. Es realmente imposible creer que es de Dios buscar desaparecer cualquier vestigio de existencia e historia del pueblo palestino en Palestina–sin recordar la propia historia y persecución judía. Preocupa, pues sabe a venganza organizada contra un pueblo inocente de perseguir a Israel. Lo que muestra sí es la naturaleza salvaje de su ‘retorno milagroso’ a Palestina. Es por ello inaudito el silencio de la denuncia que nos hace cómplices.

Israel es un arma de guerra total, no la atalaya de la ‘civilización democrática’ como lo expresara Herzl, el padre del sionismo. Excepto por los ortodoxos, todo judío está legalmente obligado a servir en la IDF–las fuerzas armada israelí– y al predicado de la desposesión y aniquilamiento étnico palestino. El sionismo secular posee una mentalidad militar antiguo-testamentaria que se resume en la aniquilación total, sin misericordia, del enemigo: hombres, mujeres, y niños; sus casas, sus huertas, sus animales, sus pueblos y el nombre de ellos en contradicción directa con la naturaleza de la promesa divina de paz y justicia. Una ‘promesa’ sin muchas promesas de voluntades y realidades.

2. La promesa en los recursos naturales

Para empezar, la tierra Palestina, en la que se asienta Israel, es pobre. La biomasa de su mar no solamente es escasa pero además se encuentra altamenteclip_image002 contaminada con químicos bélicos y residuos humanos. La inexistencia de un sistema básico de tratamiento de aguas negras en Palestina obliga a los residentes de la Franja de Gaza a descargar esos residuos directamente al mar. La UNRWA[3] denunció que la destrucción (producto del incesante bombardeo por parte de Israel este pasado noviembre) “agrava los efectos de ocho años de bloqueo del enclave de Israel. La red de agua y alcantarillado apenas funciona, y con el bombardeo sostenido, es tan buena como la destruída. Estamos hablando –continuó– de 90 millones de litros de aguas residuales sin tratar que desembocan en el océano cada día porque no hay electricidad ni infraestructura para tratarla[4]. Adicionalmente, más del noventa por ciento del agua potable de la Franja de Gaza no es apta para el consumo humano –explicó el portavoz de la UNRWA Sami Mshasha en una reunión informativa. Está en manos del gobierno israelí–es su llamado–aliviar las cadenas de la ignominia, no incrementarlas. Es pues imposible calificar si quiera de humanas, no digamos espirituales, las acciones que Israel voluntariamente ha escogido cometer contra todo un pueblo para dar cumplimiento a una promesa espiritual.

Israel, o Palestina, en el campo de la realidades, no ha sido privilegiada con yacimientos petroleros, o minerales estratégicos y no-estratégicos, tampoco con llanuras fértiles. La tierra es cardinalmente seca, y la fuente más importante de agua dulce proviene del lago Tiberias y del río Jordán[5], que comparte Israel (a su favor) con Jordania y el pueblo palestino (en su calidad de nación y no de estado). Israel explota al máximo sus recursos hídricos, con un 67% de sus aguas provenientes de fuera de las fronteras de 1948, básicamente de Cisjordania (West Bank) y los Altos del Golán, de ahí las dificultades que siempre presentan estos territorios en las negociaciones para su devolución a los palestinos y sirios[6].

¿Cómo explicar que en esta Tierra Prometida de la que debería fluir, de acuerdo a la Biblia o el Torá, “miel y leche” se muera de agua?[7] La respuesta, el Mesías se encuentra ausente. Es tiempo, por tanto, de admitir que el concepto teológico y doctrinal de la Tierra Prometida no corresponde a la presente Israel en Palestina. Es un viejo artificio político del liderazgo sionista y cristiano-sionista para asegurar el soporte del mundo occidental, especialmente del norteamericano.

3. La condición de la democracia e Israel

Sin embargo, más allá de las consideraciones religiosas o de fe, para el gobierno norteamericano la creación de Israel significó, en una primera instancia, la promoción de la democracia y del mercado capitalista internacional y por tanto la ampliación de su influencia económica y política en la región. Satisfechas estas condiciones de poder hegemónico, los EE.UU., en un cambio asombroso para una potencia mundial dominante, se transforman en el instrumento político exterior del estado de Israel[8]. La historia es clara.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se erigen como “la potencia mundial”–por esa época los EE.UU. aportaban el 52 por ciento de la riqueza mundial, actualmente es alrededor del 32%– y entendió que su hegemonía dependería del mercado y de la promoción de la democracia como el sistema político del progreso. Por tanto, cuando los líderes sionistas explican su plan para la creación del Estado de Israel a Occidente y en especial a los estados Unidos, lo asocian astutamente a la creación de una democracia occidental (Israel) en el Oriente Próximo. Teodoro Herzl, el fundador del Sionismo lo vendió así: “Los judíos están listos para emprender como los portadores de la civilización (el subrayado es mío).”[9]

Los valores y principios que definen a un Occidente moderno –mercados libres en democracia capitalista– constituyen en teoría, el fundamento democrático del sistema político de Israel. Sistema ‘democrático’, sin embargo, del que no pueden participar veinticinco por ciento de sus ciudadanos ya que no son definidos como judíos[10]. Tampoco cuando intenta excluir y reducir a un segmento de su misma población judío-israelí –Israel ha admitido por primera vez que ha estado dando a inmigrantes judíos etíopes inyecciones anticonceptivas, a menudo sin su conocimiento o consentimiento[11]–. Además, los más de 100,000 judíos etíopes que desde la década de 1980 se habían trasladado a Israel bajo la Ley del Retorno, encuentran su judaísmo cuestionado por algunos rabinos. El primer ministro Benjamin Netanyahu, quien también ocupa la cartera de salud, advirtió que los inmigrantes ilegales procedentes de África “amenazan nuestra existencia como Estado judío y democrático”.[12] En cualquier otro estado estas acciones serían designadas como actitudes racistas y discriminatorias, impensables en una democracia moderna. La designación “judío”, explica el profesor e historiador judío Sholomo Sand[13], a diferencia de la designación “israelí”, no sólo no incluye a los no-judíos, sino explícitamente los excluye del cuerpo cívico en cuyo interés aparentemente existe el Estado de Israel, por ello la dirigencia sionista trata de definir el concepto judío también en términos raciales, tal restricción es profundamente antidemocrática y racista. por decir lo menos.

Israel no es el arquetipo del sistema democrático que los diferentes gobiernos norteamericanos han venido promoviendo–la directriz de sus políticas exteriores. Durante el gobierno del presidente George W. H. Bush, por ejemplo, la agencia norteamericana AID (Agency for Internacional Development) adoptó formalmente como uno de sus objetivo cardinales la promoción de la democracia, convirtiéndose además en uno de los requerimientos fundamentales para acceder a las diferentes organizaciones e instituciones internacionales de Occidente; en 1995, durante la administración de Clinton se definió la pieza central de la estrategia nacional de seguridad en la expansión de la esfera del gobierno democrático[14]en el mundo; así mismo el segundo presidente Bush, George W. Bush declaró, en el 2002 que “la libertad, la democracia y la libre empresa son el único modelo sostenible para el éxito en el mundo.”[15] El actual gobierno del presidente Barack Obama muestra la misma tendencia que sus antecesores–aunque algo más moderado. Sin embargo tal como se ha expuesto anteriormente, en los hechos, los criterios que definen el sistema democrático que promueve los EE.UU. entran en contradicción cuando se aplican a Israel –lo que no ha sido óbice para recibir tratamiento preferencial sobre otras naciones más ‘democráticas’–. Probablemente la peor carencia de esta “tierra prometida” no es el agua si no la falta de justicia que tipifica la antípoda de alguna promesa divina y la experiencia ‘democrática’, humana, en Israel.

4. El judío en su promesa y el control de su dependencia

“¿Cuál es el significado, entonces, de ser ‘judío’ en el Estado de Israel? –se pregunta Shlomo Sand, profesor israelí de la Universidad de Tel Aviv, en su libro How I Stopped Being a Jew[16]– no hay duda –añade– ser judío en Israel significa, ante todo, ser un ciudadano privilegiado que goza de prerrogativas negadas a los que no son judíos, y en particular a los árabes.–y añade– No sólo el sionismo ocupó la tierra Palestina, también ha ocupado la identidad judía”. Hay pues una contradicción fundamental no sólo entre judaísmo y sionismo, si no además entre principios democráticos e Israel.

Si la existencia de Israel, como lo reconocen los propios judíos, se debe en gran parte al inmenso poder de los Estados Unidos, ¿cómo cuadrar el aspecto espiritual o místico en esta función de dependencia (militar y financiera) e intromisión política de Israel en los EE.UU? Israel no es libre, y su dependencia no es al Dios de sus Padres, Yahve o Jehová, si no a los recursos de los Estados Unidos de América. El esfuerzo de mantener viva a Israel no es espiritual o divino si no militar y financiero. Y esto por cierto no se condice con una promesa divina.

Además, debido a esta compleja relación simbiótica entre Israel y Estados Unidos, las acciones que Israel comete se reflejan negativamente en la imagen que los EE.UU. tienen en el mundo. La revista The Economist, por ejemplo, en su edición de noviembre del 2003, señalaba que el 53 por ciento de los europeos pensaban que los norteamericanos tenían un “rol negativo” en “la paz en el mundo”, y sólo el 27 por ciento pensaban que los EE.UU. tenían un rol positivo[17]. Así mismo. Sólo el 10 por ciento del mundo islámico y árabe consideraban que los Estados unidos tenían una actitud positiva hacia los árabes en general, y palestinos en particular. Si los EE.UU. es una fuerza positiva para el bien, como la mayoría de sus líderes lo cree, entonces ¿por qué otros países no lo reconocen así? Stephen Walt añade: “¿Es simplemente envidia, el producto de odios irracionales, o por el contrario, una prudente y predecible reacción a la asimetría de poder en manos de Washington?” Lo cierto que estos interrogantes se generan paralelos al soporte indiscutiblemente superior y permanente que los EE.UU. presta a Israel y no necesariamente en favor de la paz y justicia en el mundo.

Esta tierra prometida está perdiendo la guerra de la justicia y la verdad, y ha desatado en su lugar las fuerzas de la destrucción de las endebles posibilidades de la paz en el Medio Oriente. El llamado Arab Spring, o la rebelión árabe, considerada como el inicio de la transformación democrática en la región, sólo ha producido caos. Todo el Oriente Medio se encuentra en combustión: shi’itas y sunnies, sunnies fundamentalistas (ISIS) y sunnies tradicionales (Arabia Saudita, Egipto, Jordania, y los estados del Golfo), israelitas y palestinos. Turquía, un miembro de la OTAN occidental, se encuentra acusado por Egipto y Arabia Saudita principalmente de permitir el pase “de miles de militantes por su frontera para unirse a ISIS[18].”

La paz en el Oriente Medio requiere examinar el origen de la turbulencia y los conflictos en la región, y reconocer que la creación de Israel fue una decisión humana, injusta, y cruel–no divina. Así de simple. Reconocer que el fundamentalismo religioso, llámese islamismo, cristianismo o judaísmo que las partes en conflicto esgrimen como la racionalidad de su acciones, no pueden ser parte determinantes de la solución política del Medio Oriente. La misma naturaleza de las creencias religiosas se fundamenta en indiscutibles e indisputables artículos de fe y por tanto en emociones, mientras que la racionalidad y la persuasión negociable son el ejercicio de una voluntad política más justa y humana.

Lorenzo Orrego

Santa Clara

febrero 13 del 2015


[1] El Mashiach (Mesías judío) será un gran líder político que descenderá del Rey David (Jeremías 23: 5). Él estará  versado en la ley judía, y será un fiel observador de los mandamientos (Isaías 11: 2-5). Él será un líder carismático, que inspira a otros a seguir su ejemplo. Él será un gran líder militar que va a ganar las batallas de Israel. Será un gran juez, que tomará decisiones justas (Jeremías 33:15). Pero, sobre todo, va a ser un ser humano, no un dios, semidiós u otro ser sobrenatural. La palabra “Mesías” o “Mashiach no significa “salvador” para la fe hebrea. La noción de un ser inocente, divino o semidivino que se sacrifica para salvarnos de las consecuencias de nuestros propios pecados es un concepto puramente cristiano que no tiene fundamento en el pensamiento judío. http://www.jewfaq.org/mashiach.htm

[2] El 7 de junio de 1981, dieciséis aviones de guerra israelíes fabricados en Estados Unidos bombardearon y destruyeron Osirak, el centro de investigación nuclear de Irak, cerca de Bagdad, a más de 600 kilómetros de las fronteras de Israel.

[3] UNRWA, la Agencia de las Naciones Unidas para la Ayuda a los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente, fue creado por la Asamblea General de la ONU en diciembre de 1949 y está dedicado exclusivamente al bienestar de los refugiados árabes palestinos.

[4] Reuters, http://www.reuters.com/article/2014/07/15/us-palestinians-israel-aid-idUSKBN0FK1M020140715

[5] Un informe del Banco de Israel dice que el 37% del agua disponible proviene del río Jordán y del lago Tiberiades, mientras que el resto procede de los acuíferos, que se sitúa bajo la Sierra Central.

[6] “El agua en el conflicto judio-palestino”, Edmundo Fayanás Escue http://www.rebelion.org/noticia.php?id=104996

[7] Cuando la Torá adjetiva a la Tierra de Israel como “tierra buena y amplia, una tierra que fluye leche y miel” (Shemot / Éxodo 3:8), quiere indicar que es naturalmente fértil, benéfica, saludable y productiva.

[8] Ver Lorenzo Orrego, “Al toro por la nariz: Israel el súper estado norteamericano” , https://lorenzoorrego.wordpress.com/

[9] Theodor Herzl, “A Jew State.” traducción al inglés por Sylvie d’Avigador, y en 1946 como “The Jewish State

[10] Menos ahora cuando el parlamento acaba de aprobar una ley por la que el estado israelí se constituye en exclusividad judía.

[11] The Independent, http://www.independent.co.uk/news/world/middle-east/israel-gave-birth-control-to-ethiopian-jews-without-their-consent-8468800.html

[12] The Independent, http://www.independent.co.uk/news/world/middle-east/israel-gave-birth-control-to-ethiopian-jews-without-their-consent-8468800.html

[13]Sholomo Sand, “How I Stopped Being a Jew”, Publicada por Verso, pgs. 4-6

[14] Stephen M. Walt “Taming American Power” W.W Norton & Company New York, London, p. 59

[15] Economic Report of the President 2003 (Washington, DC: U.S. Government Printing Office 2003), pgs. 214, 253-54

[16] Sholomo Sand, “How I Stopped Being a Jew”, Publicada por Verso, p. 6

[17] Ver “Standard Eurobarometer, noviembre 2003, http://europa.eu.int/public_opinion/archives.

[18]. Joe Klein,“The Path to Peace”, semanario Time, noviembre 19 del 2015

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