La agudización de la derecha y el papel de la mujer.

El presente proceso electoral en los EE.UU –fuera de lo folclórico (y peligroso) que pueda ser el candidato republicano Donald Trump–permite evidenciar la radicalización ideológica de la derecha. Trump no es el reflejo sino el producto de muchas tendencias negativas y regresivas al interior del partido Republicano. Racismo y xenofobia, para empezar, fueron promovidos abiertamente a la asunción del primer ciudadano afro-americano, Barack Obama, a la presidencia de la nación en el 2008. El liderazgo republicano en el congreso se propuso deslegitimizar al primer presidente negro. Se le ‘acuso’ de musulmán, y de no haber nacido en los Estados Unidos obligando al presidente, gracias a una intensa y sistemática campaña de desprestigio e insultos de parte de los líderes republicanos y Donald Trump, a someter su acta de nacimiento a la inspección pública–como lo hubiera tenido que hacer cualquier afro-americano frente a la autoridad policial. Barack Obama encarna entonces el Otro, el extraño de la retórica nacionalista extrema. Nadie de la derecha se rasgó las vestiduras ante el insulto y vejación de la persona, del símbolo y de la función del presidente en la estructura de poder constitucional americano–aún cuando los republicanos gustan llamarse: los “defensores de la Constitución”.

Por más de siete años se azuzaron los brasas del racismo y en esta mecánica licenciosa de insulto y diatribas se crea, con la ayuda de un grupo de billonarios–los hermanos Koch específicamente–un movimiento político de derecha populista ultra-nacionalista llamado Tea Party. Donald Trump lee correctamente la agitación que este grupo de derecha es capaz de hacer basado en racismo y xenofobia contra Obama y el inmigrante, específicamente, latino. Por ello no es extraño que Donald Trump en su carrera a la presidencia de los Estados Unidos siga el mimo derrotero primero atacando a Obama y luego al inmigrante latino.

Todo lo dicho, sin embargo, es insuficiente para explicar la radicalización nacionalista de la derecha de no reconocer la agudización de las relaciones de dominación y explotación de la mujer en muchas áreas ¿Cómo entender el hecho de que el congreso norteamericano (de mayoría republicana) haya bloqueado sistemáticamente cualquier legislación que dictamine pagar el mismo salario al hombre y la mujer por una idéntica labor? Es sabido que la mujer sólo recibe 75 ctvs. por cada dólar que gana el hombre. El salario no pagado a la mujer más que aumentar las utilidades al empresario disminuye la igualdad de la mujer vis a vis el hombre. Este abuso y explotación se agrava ante el hecho de que muchas mujeres son madres solteras que se ven obligadas a mantener con un incompleto salario a toda una familia, o en el mejor de los casos, coparticipar en el ingreso familiar pero en menor cuantía y por tanto en la determinación de su uso y distribución dentro de la unidad familiar–esto en lo económico. En lo personal y privado, las mismas mujeres se encuentran cada vez más restringidas en el manejo de sus funciones reproductivas mediante píldoras anticonceptivas[1]u otros medios anticonceptivos, e incluso el aborto (definido como un derecho ciudadano por la Corte Suprema norteamericana). La familia crece y las necesidades de la familia también pero el salario no. Es decir el sistema político toma control tanto de la sexualidad femenina, de su aparato reproductivo, de su salud así como de su vida social y la obliga a vivir en opresión. A la mujer se le conculcan sus derechos reproductivos y su vida sexual, al hombre no. Y la pregunta es ¿por qué?

Al margen de lo grave que resulta escuchar los comentarios de Trump sobre las mujeres, (que sigue siendo noticia al tiempo de escribir este artículo), merece analizar con cierto detalle las respuestas que los líderes republicanos dieron a las degradantes palabras de su candidato presidencial. Algunos ejemplos: el Speaker of the House, el republicano Paul Ryan, el tercer hombre más poderoso del gobierno americano dijo: “la mujer ha de ser defendida y reverenciada, no objetivada.” Incluso Mitt Romney, el anterior candidato presidencial republicano, quien había pasado meses argumentando públicamente que Donald Trump no era apto para ser presidente, utiliza un lenguaje similar en su condena: “¿Asaltar sexualmente a mujeres casadas? ¿Conculcar el asalto? Esta vil degradación deshonra a nuestras esposas e hijas y se convierte para el mundo en la corrupta cara de América”. Cualquier persona con un sentido básico de decencia debe estar horrorizado por los comentarios sexistas que Trump emplea sin ningún reparo y deben generar asco a todo el que las leas o escuche, no sólo a los que tienen hijas, esposas o madres.

Sin embargo, las respuestas de los líderes permiten resaltar un hecho importante y es que la derecha, representada por el partido republicano, no considera a las mujeres como inherentemente iguales a los hombres y por tanto dignas de respeto por derecho propio. Los comentarios sexistas de Trump no son propiedad exclusiva del candidato, o un fenómeno exógeno al partido Republicano. Todo lo contrario: sintetizan el pensamiento y la dinámica interna del partido. Misoginia es y ha sido parte de la retórica y la acción política de los regímenes que oprimen sea de derecha o de ‘izquierda’. La sociedad conyugal (legal y no-legal) no fue pensada como asociación igualitaria hasta que la mujer se vio, sin proponérselo, libre del control masculino, productiva y poseedora de un ingreso laboral del que se apropia y controla. Al tiempo de la fundación de los EE.UU. las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres, incluido el derecho al voto. Ratificado el 18 de agosto de 1920, la Enmienda 19 de la Constitución de EE.UU. concede a las mujeres estadounidenses el derecho al sufragio femenino. Controlar a la mujer en todos los aspectos significa dominar el hogar y preservar el sistema, la razón del porqué al dominio masculino.

Probablemente la mayor liberación femenina norteamericana se da en virtud del trabajo que las mujeres desempeñaron durante la Segunda Guerra Mundial. Por primera vez aquellas participan en labores nunca antes disponibles para las mujeres, tales como la construcción, mecánica, pilotaje, etc. y sobresalieron. La experiencia del trabajo mismo fue de hecho un proceso de liberación, de validación personal y desarrollo; la remuneración salarial les otorgó además poder económico y capacidad de adquisición. Hoy en día los matrimonios y asociaciones conyugales son más igualitarios, es decir más socialistas y esto supone un problema muy serio para la continuidad del sistema como tal.

Si se considera que la composición de la nación la constituye primariamente la unidad familiar ¿puede acaso la suma de las partes, es decir de las familias, producir una nación, más liberal y socialista? Probablemente no, pues esta agregación no es directa ni uni-determinista. Requiere en todo caso de una idea política más clara y de organizaciones aún no existentes o suficientemente desarrolladas pero ello no es óbice para que la derecha actué exigiendo se le “devuelva” el país, como rezan los carteles y pancartas del “Tea Party” o para “volver a ser grandes” como los de Donald Trump.

Lorenzo E. Orrego

Octubre 15, 2016

Santa Clara


[1] La derecha encarnada fundamentalmente en el partido Republicano (y algunos demócratas) ha trabajado arduamente no solo para limitar sino eliminar este derecho con logros significativos como lo demuestra la victoria legal que la Corte Suprema otorgó a la empresa Hobby Lobby permitiéndole –por razones de “conciencia religiosa” de sus dueños– bloquear se provea, a través del seguro médico, cualquier medio de control de la natalidad para sus empleadas pero no se opone por las mismas razones ‘morales’ que sus empleados varones pueden tener acceso a través del seguro médico a píldoras como Viagra.

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