Las muchas muertes de Abel

El nacimiento de una nación es, sin duda, un desarrollo histórico real y no puramente espontáneo. Es un proceso de consolidación, y como señala Ernest Gellner, una nación consolidada está íntimamente conectada con la formación de una cultura unificada como sólo puede existir en una sociedad que no es ya agraria y tradicional[1]. En ese sentido la acción política de crear y desarrollar una cultura ad hoc se convierte en el elemento clave para la constitución de cualquier nación. La nación es una entidad socio-político que demanda lealtad, y tal como lo hacen las comunidades religiosas, articula rituales, festividades, ceremonias, adquiere mitos[2]; crea además una memoria colectiva como producto de un consciente amalgamiento ideológico nacionalista.

Gellner remeció el antiguo concepto de nación–considerado por largo tiempo como un fenómeno “antiguo, aunque primitivo”– cuando expresó: “Es el nacionalismo el que engendra la naciones y no al revés”. Eric Hobsbawn expandió esta audacia intelectual de Gellner al añadir que la nación es un fenómeno dual construído esencialmente desde arriba el cual no pude ser totalmente comprendido a menos que sea estudiado desde abajo, es decir en términos de las asunciones, esperanzas, necesidades, emociones, e intereses del común de la gente[3]. Nacionalismo es simultáneamente ideología e identidad, y estas constituyen el lente a través del cual los individuos llegan a tener sentido del mundo. Es de hecho una condición subjetiva.

Para el sionismo, como para cualquier movimiento nacionalista, es vital el ethos el cual debe ser modelado según el plan político central. Vale decir, el lenguaje histórico, las costumbres y creencias populares, la presunción y adscripción a una historia originaria única (mejor si es heroica, mágica y sobrenatural) son transformados y mezclados desde arriba para dar cumplimiento a su proyecto nacionalista. En el caso del sionismo, la creación no solo del Estado de Israel si no la definición de un nuevo tipo de judío que desempeñe su papel racial de ‘pueblo escogido”. Todo lo que se necesita para insertar, acelerar y preservar el concepto y sentimiento nacionalista es, como lo explica el sociólogo William Ganson, identificar la causa de la injusticia en el Otro y buscar su exclusión. Para el historiador Eric Hobsbawn, el concepto y programa nacionalista implica exclusión de ese Otro. Pero para el sionismo ¿es ese Otro único o tiene matices y por tanto respuestas que van desde la aceptada resignación hasta el rechazo total? ¿Quién es ese Otro?

Conflicto entre judíos europeos.

Se estima que poco antes de la Segunda Guerra Mundial el número de personas que se reconocían como judíos y que hablaban diferentes dialectos del yiddish era más de diez millones, actualmente no hay más de unos cuantos cientos, principalmente entre los haredim, la estricta corriente judía ortodoxa autodenominada los “Temerosos de Dios”. La realidad es que toda una cultura y lenguaje popular yiddish han sido destruídos hasta el punto que es imposible traerlos de vuelta. Y esta extinción no es producto del régimen nacionalista nazi, como a primera vista pudiérase pensar, sino que es el resultado de una clara acción política sionista en la imposición de una nueva cultura.

Los primeros colonizadores de Palestina habían estado sumergidos en la cultura yiddish del Este de Europa y sufrían el escarnio del judío alemán–ashkenazim–que consideraba el yiddish como una “jerga menor.” (Ni Theodoro Herzl ni Edmond de Rothschild, padres del sionismo, podían comunicarse en yiddish). El sionismo entendió que necesitaba un lenguaje que pudiera no sólo unir a todos los judíos del mundo, sino que además ayudara a la creación del nuevo tipo de judío, uno capaz de romper con la cultura popular ‘primitiva’ de sus padres y ancestros, y de los miserables municipios de la Pale of Settlement o Zona de Asentamiento.[4] Sin embargo, la actitud despectiva que los askenazíes (viejo término para el refinado judío alemán) tenían hacia los ostjuden como peyorativamente se les llamaba a los judíos de Europa del Este sufriría un cambio en sentido inverso.

Los descendientes de los primeros colonos sionistas de Europa del Este se convirtieron en la elite política dominante y no tardaron en dar a conocer y generalizar su desdén por los yekes o judíos alemanes como se los llamaba despectivamente. Los colonos sionistas que antes se habían expresado en yiddish no veían con buenos ojos a los judíos alemanes que llegaban a Palestina a partir de la segunda Guerra Mundial (debido al cierre momentáneo de las fronteras norteamericanas, su destino favorito). Los llamaban “judíos asimilados” que trataban a todo precio de importar a la tierra de la Biblia la cultura y lenguajes alemanes. El término “askhenazim” sin embargo no desapareció del vocabulario judío si no que tomó características diferentes en manos de la nueva elite dominante en Israel, los judíos de Europa del Este.

Sholomo Sand, en un interesante análisis comparativo, explica que la apropiación del término “askhenazim” por los judíos de Europa del Este se dirigía a construir el mito del origen histórico del judío a Occidente, precisamente a la civilizada Alemania y no a la ‘inferior cultura del Medio Oriente’; de la misma manera como los escritores de la Biblia se apoderaron del término Israel –el prestigioso nombre del reino al norte de Canaán– para otorgárselo al reino de la no muy próspera Judea del sur y llamarse a sí mismos “el pueblo escogido.”[5] Actualmente el término “askhenazim” se refiere a cualquier judío con raíces europeas, excepto aquellos provenientes de la península Ibérica llamados Sefarditas.

Políticamente ni el alemán ni el yiddish servían como el lenguaje de la nueva nación judía. Los lingüistas sionistas se impusieron la tarea de crear lo que llamarían el “idioma hebreo” cuyo léxico principal provendría de los libros de la Biblia –escritos en arameo y asirio– armándolo además de una sintaxis yiddish y eslava y por lo tanto no bíblica. La dirigencia política impuso dicho lenguaje a pesar que muchos judíos sionistas preferían el idioma (y la cultura) alemán. Theodoro Herzl, por ejemplo, anhelaba que los habitantes del estado judío hablaran su lengua, el alemán, así mismo, Vladimir Jabotinsky, el políglota líder del sionismo revisionista y teórico del militarismo judío que buscó vigorosamente la latinización del alfabeto hebreo, decía: “…El hebreo es inadecuado para el tratamiento de conceptos abstractos y de la expresión precisa del pensamiento…La dificultad radica en su arcaica estructura…”[6]

Pero el sionismo había decidido incorporar más activamente la religión a su esquema político –pues sin ella se encontraba huérfana de ritos, símbolos, leyendas e historia sagrada. El nuevo idioma hebreo permitiría la simbiosis religión-política, y la inteligencia dejó de promover el estudio de la lengua y cultura yiddish. Precisamente, la Universidad Hebrea de Jerusalén que oficialmente abriera sus puertas en 1925, veintitrés años antes de la fundación de Israel, por mencionar un ejemplo representativo, no tuvo un departamento académico de yiddish ni estudiantes que estuvieran interesados en su estudio hasta 1951. La popular lengua yiddish recibió sentencia de muerte a manos del sionismo en favor de su lenguaje, que el historiador judío Sholomo Sand llama propiamente el “idioma israelí”, dándose inicio a la transformación de una cultura popular del Cercano Oriente, mística y “primitiva”–según el sionismo– a una cultura impuesta, occidental, civilizada y más secular. Distinta.

Se debe señalar que algunos grupos políticos judíos entendieron claramente el peligro de la aventura sionista de insertar la cultura alemana en Palestina. Uno de ellos fue sin duda el gran partido social-demócrata judío del imperio ruso, “Bund”, que valoraba la cultura popular reinante y sostenía que “no había necesidad de un disfraz religioso con el fin de constituir una identidad de clase semi-nacional” [7]. Entendía que parte de la experiencia histórica judía sería erradicada sin mayores consideraciones en favor de un ideal político. (Por eso no debe llamar la atención la erradicación brutal de pueblos y nombres palestinos a manos del sionismo y el Estado de Israel.)

Aunque el proyecto de recrear el idioma hebreo a partir de algunos libros de la Biblia era (y es) irreal, fue políticamente astuto. El mismo nombre, hebreo, permite una conexión con Abraham, el primer hebreo y padre de Israel, y Jehova. El historiador Sholomo Sand, advierte: “La presunción que el sionismo puede resucitar el antiguo lenguaje hebreo y la cultura de la ‘gente de la Biblia’ se basa en no más que la búsqueda mítica de una referencia nacional”[8], además de la ficción narrativa de una ininterrumpida continuidad histórica desde Abraham y Dios mismo hasta el presente.

El acoso del judío-árabe por el judío europeo.

Si no se puede omitir el conflicto “yekes-ostjuden” tampoco la hostilidad que experimentaron los judíos ortodoxos y los provenientes de los países árabes –mizrachi–quienes se veían constantemente obligados a esconder sus orígenes orientales. El primer ministro Ben-Gurion los describía como carentes de la más mínima educación, “sin trazas de judío o de educación humana” y añadía: “Estamos obligados a la lucha contra el espíritu del Levante que corrompe a los individuos y la sociedad.[9]” Jabotinski expresaba que los judíos ortodoxos “impiden el estudio científico, comprometen la situación de la mujer e interfieren con el quehacer de la vida diaria”[10]. Nahum Goldmann, presidente de la Agencia Judía afirmaba que “un judío de Europa del Este vale el doble que un judío de Kurdistán” y sugirió la repatriación de un pequeño número de ellos[11]. Golda Meir decía: “¿Podremos alguna vez ser capaces de elevar a estos inmigrantes a la cultura occidental?”[12] Los judíos sefarditas, por otro lado, aquellos que radicaron por cientos de años en la península ibérica y emigrarían después debido a su expulsión de España al Maghreb, Egipto e Italia, Grecia y Turquía, Siria, Palestina, Holanda y el Nuevo Mundo estaban considerados a un nivel algo superior respecto del judío mizrachi, pero menos que los de ascendencia europea.

A Ben-Gurion, forjador de Israel, le preocupaba que los judíos mizrachi que arribaban podían convertir a Israel en un estado árabe. Se les comparaban apenas mejor que “los árabes en general, los Negroes (pueblos de África al sur del Sahara) y berberiscos (los habitantes del norte de África).” Los llamaban “…elementos asociales…adictos al alcohol, juegos y prostitución…)[13] El nivel de desprecio por los judíos árabes, inclusive por los judíos ortodoxos de Jerusalén nunca se trató de resolver hasta que en la década de 1970 los activistas mizrachi se lanzaron en una agresiva campaña para convencer al grupo de poder que ellos no eran árabes y acabar con aquella imagen negativa. Gran parte de esta ira fue dirigida contra el partido Laborista que gobernó Israel desde 1948 hasta 1977. Naturalmente el partido derechista Likud capitalizó esta rebelión y permitió a Menachem Begin llegar al poder. Lo importante aquí es la respuesta que el Likud da a esas imágenes negativas de ser oriental: “Los mizrachis son modernos y judíos, no árabes–de hecho son tan europeos (el subrayado es mío) como cualquier otro judío.”[14] Es claro que el sionismo buscaba reafirmar una conexión cultural judía con Europa y no con el Medio Oriente. En la actualidad la discriminación contra este sector judío de Israel es menos evidente pero persiste. Su nivel socio-económico está apenas por encima del ciudadano árabe-israelí[15].

Como el judaísmo no se define sobre ideas o principios antropocéntrico, vale decir la visualización y la interpretación de todo en términos de la experiencia y los valores humanos, si no en términos etnocéntricos, del Yo, la perpetuación de este etnocentrismo a manos de una entidad esencialista y no religiosa conlleva a promover una conducta de supremacía racial, en este caso europea, en la tierra de la Biblia (y fuera de ella). Durante la festividad judía del ‘Hanukka’, por ejemplo, los niños pequeños en las escuelas cantan una antigua canción que dice: “Aquí venimos con fuego y luz a expulsar la oscuridad…”, pero se expulsa lo que ya existe, al otro que no es europeo.

El judío sionista, y el pueblo musulmán y cristiano de ascendencia judía

El conflicto que el Estado de Israel tiene en contra del “otro”, muchos de origen judío, necesita discutirse fuera de la narrativa bíblica en favor de términos historiográficos y científicos. El hacerlo va a permitir reconocer objetivamente el verdadero carácter de la doctrina sionista y por ende la del Estado de Israel –además de arrojar luces para la solución de una iniquidad histórica que clama con su sangre, como la del Abel bíblico, justicia.

Es innegable que el período “post-Shoahgoyim” o posterior al Holocausto ha generado una íntima identificación del judío israelí y de la diáspora como un grupo étnico de raza eterna, cuya política de dominación y control sobre aquellos que son vistos como no-judíos, específicamente palestinos, no es de competencia mundial. Es bíblico y por tanto sobrenatural. El uso constante del “otro” en contraposición a “nosotros” los escogidos permite a Israel permanecer al margen de la ley y de los compromisos internacionales. No obstante ese “otro” también es “nosotros” es decir judío y esta es la mayor tragedia interna del sionismo.

Se atribuye que gran parte de la escritura de la Biblia fue durante el período persa y aún en el helenístico–aunque es dudoso que alguna vez se pueda saber con certeza quién la escribió y cuándo–. Lo importante es que la Biblia fue transferida de los anaqueles de tratados teológicos a la sección de historia y partidarios del nacionalismo judío comenzaron a leerla como si fuera un testimonio fiable de procesos y eventos. La Biblia fue elevada a la categoría de mito-historia, poseedora de una verdad incontrovertible. Las Escrituras se convirtieron en el centro de la santidad secular que no podía ser discutida. Cualquier estudio que se aleje de esa verdad santa es herejía, blasfemia, o antisemitismo, de hecho un absurdo moral y científico. La elite intelectual y política ayudó a consagrar una sagrada trinidad: Biblia-Nación-Territorio, convirtiendo a la Biblia en el factor principal del “renacimiento” del estado israelí.

Aún ahora, si las evidencias arqueológicas señalan contradicciones al relato bíblico, políticos e intelectuales abandonan las pruebas por el discurso bíblico-sionista. Las palabras de Ben-Gurion son más que gráficas: “Cuando encuentro contradicciones entre la Biblia y las evidencias externas (descubrimientos arqueológicos o epigráficos), yo no estoy obligado a aceptar esas fuentes externas.”[16] La Biblia le es extremadamente útil al sionismo pues entre otras funciones, alimenta los conceptos fundamentales de desarraigo y deportación de la tradición judía. Desde la expulsión del Edén, pasando por la migración de Abraham a Canaán, o la llegada de Jacob a Egipto el tema recurrente es el pueblo judío errabundo, desarraigado, en exilio pero que siempre retorna a la Tierra Prometida.

El sionismo valora la deportación pues presta servicio a su incólume identidad étnica y al reclamo de una tierra histórica. Sholomo Sand señala:

“El ultra-paradigma de la deportación era esencial para la construcción de una memoria a largo plazo en el que una raza imaginaria de personas exiliadas pueden describirse como los descendientes directos del antiguo “pueblo de la Biblia”[17].

Un examen histórico serio demuestra que después de la caída del reino de Judea en el año 70 e.c., por el emperador romano Tito, y la subsecuente dominación de Palestina por el emperador Adriano en el año 132 e.c., nunca ocurrió el llamado “segundo exilio”. No se han encontrado evidencias historiográficas determinantes que prueben su existencia. En ninguna parte de le extensa documentación romana existe mención alguna a una deportación en Judea, tampoco indicios de grandes masas de refugiados alrededor de la fronteras de Judea, que es lo que correspondería en el caso de una huida masiva. Los romanos nunca deportaron poblaciones enteras, tampoco los asirios o los babilónicos –aunque es cierto que estos dos últimos imperios tenían mecanismos para deportar a las elites administrativas y culturales que el imperio romano no empleó–. No tendría sentido la deportación masiva pues la población conquistada estaba obligada a tributar a las arcas romanas, (o babilónicas, o árabes según el caso). Ben-Zion Dinar, y Yitzhak Baer los dos primeros historiadores profesionales sionistas de la Universidad Hebrea de Jerusalén sabían perfectamente que después de la destrucción del Segundo Templo por los romanos no hubo una forzada expulsión de judíos; lo que hicieron fue mover el exilio hasta el siglo séptimo e.c., es decir la conquista musulmana, como se verá más adelante.

Ciertamente, en el año 587 a.e.c, el rey Nabucodonosor de Babilonia conquistó el reino de Judea y mandó destruir el (Primer) Templo de Jerusalén. Lo que no se ajusta a los hechos históricos, sin embargo, es la narrativa bíblica de una forzada y masiva expulsión de hebreos a Babilonia. Nabucodonosor llevó cautivos a un número indeterminado de judíos a Babilonia pero básicamente fueron de la elite cultural de Judea, no los campesinos. En el año 538 a.e.c., gracias al rey persa Ciro II, esta élite que se había nutrido de la avanzada cultura babilónica, retorna y encuentra una Palestina atrasada, mixta y politeísta, Debe recordarse que los hebreos de Canaán, a pesar de tener la ley de Moisés, no diferían de los pueblos paganos circundantes y hasta el exilio a Babilonia persistentemente habían rechazado los mandamientos divinos.

Los intelectuales venidos de Babilonia, se abocaron a la construcción de una conciencia nacional, de una moderna identidad colectiva para lo cual se necesitaba teología y mitología. Las fuentes determinarían la sustancia. El sacerdote aarónico Esdras de Babilonia recopila parte de la tradición hebrea y escribe el libro que lleva su nombre además de Crónicas–algunos investigadores creen que escribió otros libros más– que se incorporarían a la incipiente Biblia. Además, es en el Talmud babilónico que se establece por primera vez la conexión de la destrucción del Templo y el exilio masivo de los hebreos, desapareciendo de esta manera una historia de ‘atraso’, paganismo y mezcla racial en Palestina. Israel se construiría sobre los restos de los antiguos reinos de Israel y Judea como una nueva entidad nacional con el nombre de Israel, gracias a consideraciones nacionalistas, proto-sionista, sin lugar a duda.

En virtud del auge del pensamiento nacionalista se comenzó a ver a la Biblia cada vez más como una obra compuesta por seres humanos que se esfuerzan en la reconstrucción de un pasado, y que funciona como un marcador étnico pues resalta un origen común (y divino) para individuos de diferentes culturas y antecedentes históricos. Además, con la aparición en el siglo XVII de la filosofía moderna y especialmente a partir de los trabajos filosóficos del judío-portugués Benedicto Spinoza y del inglés Thomas Hobbes, se genera un contínuo debate acerca de la identidad de los autores de la Biblia pues ello permitiría ubicar los textos en específicas eras y arrojar luz respecto a los motivos que llevaron a la escritura de este magnífico texto revolucionario.

A la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 e.c., el Imperio Romano de Oriente o Bizantino, se aboca a la tarea de reconstruir su viejo esplendor y poderío para lo cual, entre otras medidas, impone la religión cristiana en todo su dominio. En el año 324 e.c. la provincia Palestina se constituye en un protectorado cristiano por lo que se erigen iglesias cristianas ortodoxas; sin embargo, lo más importante es que una gran parte de su población, compuesta de árabes, judíos y otros grupos étnicos, se convierte al cristianismo- mayormente a la fuerza. Esta trasmutación de credo, del que hay abundantes evidencias historiográficas, da inicio a una situación que se acentúa aún más con el dominio del Imperio Otomano (1299-1922) y el Islam.

Muchos investigadores coinciden en que entre la caída del reino de Judea en el 70 e.c., y la conquista musulmana, seis siglos después, hubo una mayoría judía que radicó entre el río Jordán y el Mediterráneo, población que no se ve mermada físicamente por el “exilio” forzado, si no por su conversión al cristianismo (luego al Islamismo). Evidentemente la difusión del cristianismo y el islamismo no eliminó la presencia judía, cuyos descendientes forman mayormente la corriente judía ortodoxa en Jerusalén de hoy día.

En el año 636 e.c. Palestina es conquistada por los árabes musulmanes. Uno de los secretos del poder del Imperio Otomano radicaba en su relativa actitud liberal hacia las religiones de los pueblos conquistados. En particular, Mahoma ordena que se trate a los judíos y cristianos como “pueblos del Libro” –en referencia a la Biblia–, y en una carta a sus comandantes dice: “cualquier persona, judío, o cristiano, que se hace musulmán es uno de nosotros, es un creyente, y no está obligado a pagar impuestos.”[18] El beneficio de la excepción tributaria atrajo un gran número de conversos[19]; además, los judíos que habían sufrido persecuciones durante el imperio Bizantino dieron la bienvenida a los nuevos conquistadores regocijándose con su llegada. Baer y Dinur reconocen que la presencia judía como tal se reduce a partir de la conquista musulmana pero no debido a la erradicación de la población si no por la conversión religiosa, y por consiguiente la transformación del “ethos” judío que el sionismo encontraría al inicio de su programa político.

Es razonable asumir que un lento y moderado proceso de conversión tomó lugar en Palestina/Israel que explica la desaparición de la mayoría judía, y que la dirigencia sionista entendió con claridad. En 1967, Abrham Polak, fundador del Departamento de Estudios del Medio Este y África del Norte en la Universidad de Tel Aviv, además de confirmado sionista, en un fascinante ensayo llamado “El origen de los árabes en el país”[20] no disputa el hecho de que todos los palestinos eran, sino directos, exclusivos descendientes de los judíos; él sabía que por cientos de miles o aún cientos de años cualquier población, especialmente en tales encuentros geográficos, entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, se mezclaría con sus vecinos, sus cautivos o sus conquistadores. Estas mezclas se aprecian en las comidas y bebidas, el idioma árabe, por ejemplo contiene expresiones y palabras arameas y hebreas. Polak, enemigo de la supresión de la memoria colectiva, buscó se estudie la posibilidad de una continuidad demográfica de la población rural, la “gente de la tierra”, desde la antigüedad hasta el presente. Indudablemente, lo que la historia no quiere narrar, lo omite. ¿Cómo reclamar en todo caso una tierra que ya se posee? Ninguna universidad tomó el reto investigativo, tampoco se asignaron fondos ni estudiantes para el proyecto, y esto acaecía en 1967, en el victorioso año de Israel.

Israel Belkind, uno de los primero sionistas que se asentaron en Palestina y líder del movimiento BILU[21]estaba convencido que él y sus pioneros compañeros estaban encontrándose con “un buen número de nuestra gente…nuestra propia carne y sangre.”[22] Para Belkind, el origen étnico significaba más que la religión y la cultura diaria que se deriva de ello; argumentaba, además, que era imperativo revivir la conexión espiritual del “miembro perdido” del pueblo judío, para desarrollar su condición económica y reunirse en un futuro común. El sionismo tuvo un muy breve período de inclusión pero el auge del nacionalismo local hizo que los educados colonos entendieran que su etnocentrismo no tenía futuro. La asunción, errada por cierto, de que resultaría fácil asimilar a una “pobre y primitiva cultura oriental”, y ante la primera resistencia de la población, los descendientes de campesinos judíos se desvanecieran de la narrativa sionista para integrar el “otro”, el palestino sin tierras e historia.

Esta conducta de omitir los hechos para favorecer el plan sionista no fue nueva; no sólo se empleó en relación a los nativos de Palestina, también se usó para omitir las masivas conversiones al judaísmo alrededor del Mediterráneo. Si la memoria de estas conversiones masivas se hubiesen preservado, la “meta-narrativa” de la biológica unidad del judío –cuya genealógicas raíces pueden llegar hasta Abraham, Isaac y Jacob– se hubiera seriamente erosionado. Por ello es importante la historia del mito del exilio ya que permite preservar intacta la línea histórica y reafirmar una genealógica afiliación hebrea-europea. En manos del sionismo, el judaísmo se seleccionó, es decir se escogió el pueblo.

A la luz de las tragedias de la primera mitad del siglo veinte, no sólo se entienden las conexiones emocionales de los judíos hacia Israel sino que además sería tonto criticarlas. Sin embargo bajo ninguna circunstancia dicha innegable conexión emocional requiere de un estrecho vínculo entre la concepción del judaísmo como una esencia eterna y ahistórica por un lado, y por la otra, el enorme soporte que el judaísmo y sus simpatizantes dan a las políticas de segregación, ocupación y colonización inherentes al Estado de Israel.

El largo y tormentoso siglo de fobia judía que el mundo occidental experimentó aproximadamente entre 1850 y 1950 ha definitivamente terminado a pesar de que, con el claro objetivo de mantener el statu-quo político en el Medio Oriente[L1] , muchos tratan de igualar un persistente pero marginal antisemitismo con la poderosa y dominante “judeofobia” del pasado. La consecuencia, sin embargo, probablemente inesperada o mal calculada, son el debilitamiento no ya del sionismo y del Estado de Israel, sino de toda la cultura occidental judeo-cristiana.

Lorenzo Orrego

Santa Clara

junio 20 del 2015


[1] Ernest Gellner, “Nations and Nationalism” pg., 6

[2] Sholomo Sand “The invention of the Jews People” Verso pg, 39

[3] Eric Hobsbawn, “Nations and Nationalism since 1780”, Cambridge University Press, 1992, pg 10-11

[4] La región del imperio ruso que abarcaba parte de Polonia y una extensa franja entre el Mar Caspio y el Mar Negro en la que los judíos fueron permitidos establecerse permanentemente.

[5] Sholomo Sand,“The invention of the Jews People”, Verso pg, 43

[6] Arthur Koetsler, “Promise and Fulfillment”, New York: Mc Millan, 1949, pgs. 312-13

[7] Bernard Avishai, “The Tragedy of Zionism”, Helio Press, New York, pg. 127

[8] Sholomo Sand “How I Stopped Being a Jew” Verso 2014, pg.41

[9] Ilan Pappé ,“The Idea of Israel”, Verso 2014 pg. 183

[10] Bernard Avishai, “The Tragedy of Zionism”, Helio Press, New York, pg. 127

[11] Ibid pg. 184

[12] Sami Shalom Chetrit, “the Mizrachi Struggle in Israel, Between Oppression and Liberation, Identity and Alternative, 1948-2003” Tel Aviv: Am Oved, 2004, pg. 65

[13] Ilan Pappé ,“The Idea of Israel” pgs, 183-4

[14] Idf, pg, 184

[15] Salvo quizás la situación del judío ortodoxo actual. Producto del conflicto racial-cultural este sector de la población judía logra un status especial: no están obligados a servir en el IDF (Fuerzas Armadas de Israel), y están exceptuados de trabajar.

[16] Ben Gurion, “Biblical Reflections.”, pg. 60-1

[17] Sholomo Sand,“The invention of the Jews People”, Verso pg, 130

[18] Ben-Zion Dinur, “Israel in Exile”, Vol 1, pg. 164

[19] Está política tributaria del califato sería modificada después dado que las masivas conversiones al Islam amenazaban con drenar los cofres fiscales del imperio Otomano.

[20] Abraham Polak, “The Origin of the Arabs on the Country”, Molad, 213, pgs. 297-300

[21] BILU fue un movimiento cuyo objetivo era el asentamiento agrícola en la Tierra de Israel. Sus miembros eran conocidos como Bilu’im

[22] Israel Belkind, “The Arabs in Eretz Israel”, Tel Aviv, Hameir, 1928, pg. 8


[L1]

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One Response to Las muchas muertes de Abel

  1. Margarita says:

    Excelente

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