El derecho al retorno

Generalmente, al mencionarse el pueblo palestino, el único elemento referente que se le adscribe es el de la violencia terrorista. Los palestinos llegan a tener existencia sólo cuando alguien comete una atrocidad de esta naturaleza. En ese momento es todo lo que son – de procedencia incierta, y de violencia inexplicable. Su existencia como pueblo no sólo es negada en favor de un grupo extremista violento: ahora se llaman Hamas, antes lo fueron Fatah, o PLO; su historia también. La memoria de su violenta expulsión entre 1948-49 de Palestina, su tierra y la de sus antecesores milenarios, ha sido eliminada del record oficial israelí y pasa sin mención en los libros de historia en Israel[1] y en los EE.UU. Significa la negación por omisión del derecho a la identidad histórica nacional e individual, vale decir, el origen incierto. No tienen historia nacional, por lo menos esa es la intención política de los gobiernos de turno israelí y norteamericano; por tanto al negarse a reconocer la existencia de la expulsión palestina de 1948-49, el gobierno israelí pudo, con la anuencia de los EEUU, perpetrar las expulsiones de 1967 y 1982, a las que llaman “transferencia,” eufemismo por desposesión y expulsión.

Por más de seis décadas, árabes-palestinos en Israel, en los terrenos ocupados en Palestina, en los campamentos de refugiados, y en el exilio en general, han sido prácticamente invisibles para el mundo. Sin embargo, producto de investigaciones serias, muchas de ellas realizadas por estudiosos judíos, el tema del “derecho al retorno” de palestinos a Israel, comienza a aparecer en el discurso político, y la narrativa del pasado palestino se hace cada vez más evidente e imposible de mantener bajo control absoluto. Es quizá gracias a la informática de la actual época que la difusión de estas ideas, poderosas para algunos y peligrosas para otros, comienza a modificar conciencias, además de afectos y empatías.

Actualmente, no existe la más mínima pretensión (fuera de los EE.UU.) donde una mayoría mundial no entiende la tragedia de los palestinos tal como ellos mismos la ven. El israelita bien informado tampoco desconoce, como lo afirma Tony Judt, la falacia del ‘abandono voluntario’ de Palestina por los árabes o a ‘órdenes de sus líderes’ como se ha venido ‘enseñando.’ Benny Morris, uno de los investigadores israelitas líder de la materia, reconoció, en una entrevista hecha al diario israelí Ha’arettz, el 8 de enero del 2004, que “los soldados israelitas no sólo expulsaron a palestinos durante 1948-49, en un prematuro e incompleto intento de limpieza étnica; sino que además cometieron, en el proceso, crímenes de guerra, que incluye violaciones y asesinatos de mujeres y niños.” Palabras de Morris. Lamentablemente, aún reconociendo aquellas atrocidades, Morris, un analista liberal, lo acepta como “daño colateral que acompaña la construcción del estado israelí.” Si esta es la justificación de la violencia, expresadas públicamente por un intelectual liberal judío, interesante sería conocer lo que piensan los conservadores y ultra-conservadores “hawks” israelitas en privado. En el esfuerzo de cubrir la verdad de la agónica limpieza étnica y desposesión por parte de los perpetradores, la tragedia palestina es ‘celebrada por sus logros sociales y políticos’ por los líderes israelitas y occidentales sin hacer mención al origen de esos ‘logros.’ La tragedia palestina es asfixiada por la parodia de la ‘glorificación’ de los logros en favor exclusivo del pueblo israelí.

Si es trágico condenar al pueblo palestino a la renuncia histórica de la única tierra que han conocido y que les permitía el sustento, lo es aún más, el hecho de esperar que renuncien a su identidad nacional basado en una tierra a la que ya no tienen control ni derecho a registrar en la memoria colectiva. La negación del derecho al retorno pretende ocultar el pasado histórico y por tanto su presente colectivo. El nivel de vida infrahumano que el pueblo palestino experimenta en la Franja de Gaza y Cisjordania, es el mecanismo con el que se trata de doblegar al pueblo palestino a aceptar una no-identidad y vivir. No importan los motivos que lo provoque, vivir sin dignidad es cruel y contraproducente para todas las partes, pues cuando el oprimido pierde la vida, el sentido de dignidad y pertenencia, el opresor pierde validez moral.

Esta actitud de considerarse inimputables de cualquier crimen en contra del pueblo palestino, responde al extremismo político que la dirigencia israelí ha percolado desde siempre todos los estamentos políticos y sociales dentro y fuera del país, ocasionando un daño irreparable a todo aquello que signifique judaísmo. Además, por supuesto, de generar en la otra parte una respuesta cada vez más agresiva y organizada. El salto del PLO a ISIS es una clarísima señal de un cambio que no se quiere discutir abiertamente en Occidente, en especial en los EE.UU. Sin embargo un gran sector del aparato del estado y defensa norteamericano entiende, aunque se cuidan de expresarlo, que ISIS es parte integrante del problema político del Medio Oriente como lo es Israel y Palestina. Es más, juzgan que el primero se alimenta de la frustación del impase judío-palestino, entre otras fuentes. El presidente norteamericano Barak Obama en su discurso[2] del mes incurso al pleno de la Naciones Unidas, lo deja, aunque veladamente, así entender.

Se debe reconocer que ambos, Israel y Palestina, requieren del vínculo que da la tierra para fundamentar sus respectivas identidades e historias. Es una norma social que se comparte con todos los grupos humanos, pero que con ellos alcanza niveles excepcionales. Es un hecho que la religión acerva la imperiosa necesidad de un espacio tangible, y que apelar a la Biblia para justificar conductas inhumanas ha sido, como lo afirma Michael Prior, “bastante común en la historia del colonialismo imperialista que emana de Europa.” La idea de que el uso de la Biblia redime a la conquista de la tierra, es una de la más convincentes ‘apologías’ sionistas para legitimizar la empresa de establecer el estado de Israel a expensas de la población indígena palestina[3]. Es, además, el vínculo teocrático entre el estado sionista y el cristianimo occidental que facilita ‘el derecho’ a la expulsión y la limpieza étnica.

Los archivos sionistas (no la versión aséptica de hace poco) señalan que la limpieza étnica fue prevista como necesaria y ejecutada de inmediato en 1948 y luego en dos ocasiones más. Los ideólogos sionistas estaban conscientes de las realidades demográficas en Palestina, y entendieron desde el principio que la determinación de establecer un estado judío iba a requerir de la expulsión de la población nativa no-judía. La conquista militar, no el llamado moral del ‘derecho al retorno’ del pueblo judío, fue la norma de los ideólogos sionistas previo al establecimiento del Estado de Israel. El liderazgo sionista reconoció, además, que la fuerza per se sería insostenible en algún momento de su historia. Los tiempos de liberación de los yugos imperialistas y el afloramiento de los nacionalismos habían llegado, y dada especialmente por la influencia de esas corrientes nacionalistas, la opinión publica se oponía a cualquier guerra de conquista. Theodor Hertzl, fundador del sionismo, y ferviente creyente de la expropiación y expulsión, buscó apelar a los intereses y supremacías de las potencias del siglo XIX para la constitución del estado de Israel. En su diario[4], no contempla los cambios adversos que la empresa del sionismo provocaría en la población nativa no-judía.

El cambio táctico-estratégico se orientaría a una yuxtaposición y alineación de intereses con las potencias. Hertzl lo explica de esta manera: “Además de proporcionar ‘una casa para albergar a la nación judía’ el proyecto adelantaría los intereses de la civilización, mediante el establecimiento de una estación cultural en el camino más corto hacia Asia, una tarea que los judios estan listos para emprender como los portadores de la civilización.”[5] Esta retórica, sin embargo, no era suficiente para garantizar la permanencia y expansión del programa sionista en Palestina. No solamente era imperioso hacer prevalecer el ‘derecho al retorno judío” si no el de la expulsión de los no-judíos. Esto implicaba el apoyo de un marco moral para otorgar ‘legitimidad’, pues conquista es conquista, y carece de legitimidad a los ojos del mundo. Lo que hace el caso de Israel-Palestina único[6] es la afirmación de que la expulsión de la población indígena no-judía pertenece al dominio de los ‘derechos’ de los que cometen la expulsión, en lugar de ser meramente el fruto de la fuerza. La expulsión de la población árabe palestina sería la consecuencia directa del ‘derecho judío’ al retorno y expulsión.

Para el sionismo el ‘derecho al retorno judío’ a establecer el estado israelita y prevalecer en el el dominio moral, requería mostrar que este ‘derecho’ es superior al derecho de la población árabe-palestina de permanecer sin perturbaciones en su propia tierra. En ausencia de algún ‘derecho humano’ que justificara dicha expulsión, se buscó apelar a una autoridad mayor. Para reclamar cualquier nivel de aprobación moral, la apelación tendría que ser hecha a la autoridad más alta, por tanto se invoca a las narrativas de la tierra en la Biblia, ya que parecen otorgar nada menos que la autoridad divina en la promesa de la tierra a un solo pueblo, con el mandato concomitante de limpiarla de los pueblos nativos que la ocupan. Cualquier cargo de conciencia que se tenga de la expulsión de tres cuartas partes de un millón de árabes palestinos y la destrucción de sus aldeas para garantizar su no retorno, se apelaría a la Biblia para que salve la conciencia de dicha inmoralidad. Esta actitud no ha cambiado. Basta con leer cualquier “blog” en apoyo a Israel para encontrarse con el uso de los versículos que apoyan esta atrocidad del ‘derecho a la expulsión y no retorno’ del pueblo palestino. El lazo entre la empresa sionista y la Biblia se refleja ampliamente tanto en la teología de la corriente judía dominante, como en gran parte de la opinión teológica eclesial cristiana. Un buen número de sionistas y cristianos ven al Sionismo como instrumento de Dios en la promoción de la reunificación de los judíos, a tal punto que cualquiera que se opone al Sionismo es considerado estar en oposición a Dios mismo.

Desde su creación, las Naciones Unidas ha logrado aprobar cientos de resoluciones afirmando el derecho que asiste a los palestinos al retorno de su tierra además de la compensación por el daño sufrido, ofreciendo ayuda y condenando las violaciones al derecho humano del que son objeto. Sin embargo esas resoluciones carecen de la voluntad para su ejecución por parte de las mayores potencias. Las víctimas de esta atrocidad a cargo del gobierno israelí suman 5 millones de refugiados. 3.7 millones registrados con la UNRWA[7] y 1.3 millones de no registrados. Constituyen dos terceras partes de los 8 millones de palestinos, y representan el más grande, antiguo, e importante grupo político de refugiados en el mundo. Ellos fueron el 85 por ciento de los habitantes de la tierra que se convirtió en Israel y su tierra es el 92 por ciento del área que ocupa Israel en la actualidad. Desde cualquier punto de vista, esta es la operación de limpieza étnica más grande, mejor cuidadosamente planificada y continuamente ejecutada en la historia moderna[8].

Para todo palestino el derecho al retorno a su tierra es sagrado. Está tan arraigado en su psique que un escritor israelita escribió asombrado: “cada gente en el mundo vive en un lugar, excepto el palestino. El lugar está en ellos.[9]” El sólo volver supone la capacidad de disipar la injusticia que se ha infligido a los palestinos desde la nakba o catástrofe palestina. Esta es la prueba que nuestra conciencia y nuestras creencias deben enfrentar, donde los principios de nuestra humanidad deben dar paso a la justicia. El derecho al retorno debe ser la base para una paz duradera. Nada menos. Si se acepta el derecho al retorno de los judíos a Palestina –a pesar que el caso moral para su regreso se socava donde hay un considerable lapso de tiempo entre la expulsión y el re-asentamiento–[10] con muchísima más razón debe aceptarse el derecho que asiste al pueblo palestino a volver a su tierra de los lugares a los que han sido confinados.

Lorenzo Orrego

Santa Clara

29 de setiembre del 2014


[1] Moshe Dayan en una entrevista al periódico israelí Ha’aretz el 4 de abril expresó entre otras cosas lo siguiente referente a la creación de Israel por la expulsión de la población palestina “…No los culpo por que esos libros de geografía [e historia] no existen más, no sólo esos libros no existen, las villas árabes no existen tampoco…No hay un sólo lugar construído en este país que no haya sido habitada por árabes.”

[2] http://www.breitbart.com/Big-Peace/2014/09/24/Obama-UN-speech.

[3] Michel Prior, The Bible and Colonialism. A Moral Critique,” Sheffield: Sheffield Academic Press, 1997.

[4] Theodor Hertzl, “A Jew State.” traducción al inglés por Sylvie d’Avigador, y en 1946 como “The Jewish State

[5] Theodor Hertzl, “The Jewish State.”

[6] Michael Prior,“The Right to Expel: The Bible and the Ethnic Cleansing”, “The Palestinian Refugee. The right of Return.” Pluto Press, pg. 11

[7] la UNRWA la Agencia de las Naciones Unidas para la Ayuda a los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente, fue creado por la Asamblea General de la ONU en diciembre de 1949 y está dedicado exclusivamente al bienestar de los refugiados árabes palestinos.

[8] Salman Abu-Sitta, “The right of Return: Sacred, Legal and Possible”, “The Palestinian Refugee. The right of Return.” Pluto Press, pg. 195

[9] Danny Rubinstein, “The People of Nowhere, thePalestinian Vision of Home.” New York; Times Books, Random House 1991, pg.7

[10] En efecto, el derecho al retorno se disuelve en desuso cuando el lapso de tiempo excede los límites razonables; de lo contrario, el orden internacional se derrumbaría, abriéndose las compuertas a extraños retornos a expensas de las gentes asentadas en esos lugares por miles de años.

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