La religión de la duda

Religión es el fenómeno social exclusivo de nuestra especie, pues requiere de dos elementos básicos: la capacidad cognitiva y el sentido de eternidad y trascendencia, ausentes en las otras especies animales -especialmente el segundo. Es en la esfera de la religión donde se encuentran la condición humana en sus leyes naturales, y el deseo del infinito y trascendencia generando una poderosa fuerza moral y social. Es la búsqueda más íntima  para aliviar la temporalidad y la ansiedad de las limitaciones. Es una fuerza positiva en tanto se pregunte por la vida y se refleje en la eternidad. Es la fe, siempre que persista en la duda y la búsqueda. Esta fuerza no es la antítesis de la democracia ya que presupone libertad de la duda, y la imposibilidad de entender en toda su amplitud la eternidad y la inconmensurabilidad, el misterio y lo desconocido de Dios. La democracia no es  enemiga de la fe, pues permite tolerancia y coexistencia, y previene, además, que el individuo sea subsumido por la multitud–el objetivo del totalitarismo. Es la fe que salva ya que explica que hay al final un propósito para la vida, y que los actos ciegos de compasión, especialmente hacia nuestros enemigos, son las chispas divinas del amor, pues no son acciones  planeadas, como los son las provenientes del odio –es tan sólo dolor al dolor ajeno. Fe que enfatiza compasión y tolerancia sobre ideología y credo, que rechaza absolutismos, especialmente los absolutos morales. Sin embargo cuando se crean los mitos y se levantan los ritos cuyo uso se articula fuera de la esfera de la intimidad se pervierte, además de la libertad y la democracia, la fe misma.

Consecuentemente, al hablar de religión se debe responder al concepto de la fe en el marco del determinismo–de la que ha sido ex profeso dotada–con la duda y la pregunta; pues duda y fe no son términos incompatibles, como los seguidores literales de la ortodoxia lo demandan. El poeta Alfred Tennyson escribió, “Hay más fe en la duda honesta, créanme, que en la mitad de los credos.” La fe presupone, como se ha visto, no llegar a conocer el absoluto y aquello no constituye su negación si no su reafirmación y su dinámica; es la dialéctica interna del espíritu que presenta las formas de la conciencia hasta llegar al saber absoluto –como lo explicaran los filósofos Edmund Husse y Friedrich Hegel en los fundamentos de la filosofía fenomenológica. Aquellos que reclaman saber el significado de la vida juegan, como dice Chris Hedges, a ser Dios y tienden a crear denominaciones y religiones que coactan la libertad del hombre racional. Según Isaiah Berlin[1], un hombre racional es libre si su conducta no es mecánica pues responde al cumplimiento de lo que es o puede ser a voluntad. Por el contrario, un hombre no libre es aquel cuya conducta permanece inalterable frente a cualquier potencial cambio exterior o interior; cuando se encuentra sometido a fuerzas de las cuales el sujeto no tiene control. No es libre cuando su comportamiento es previsible no importa que razones se presentan ante él (o ella.)

La religiones, como lo explica Reza Azlan, se convierten en instituciones cuando los mitos y los rituales que una vez dieron forma a sus sagradas historias son transformadas en modelos autoritarios de la ortodoxia por un lado, y la “ortopraxis” por el otro; el primero en el sentido de la correcta interpretación de los mitos, y el segundo, en la correcta interpretación de los rituales[2]. El cristianismo puede ser el ejemplo supremo de una religión “ortodóxica”, mientras el judaísmo representa el ejemplo de una religión “ortopráxica” por excelencia. Y, entre estas, se genera toda una gama en la práctica de la fe cristiana evangélica: enfatizando el poder del credo, o reafirmando el ritual, en este caso el judío: las llamadas iglesias cristianas judaizantes. De cualquier modo, estos polos generatrices de la fe cristiana demandan la ausencia de la duda y la pregunta. Bueno es recordar, sin embargo, que los que actúan sin ninguna duda tienen miedo; y miedo y fe sí son incompatibles. Creer que la fe lleva al paraíso mítico y a la imposibilidad de la felicidad y seguridad, es una seductiva falacia que empodera a aquellos que juegan a ser Dios, los falsos profetas, los que se convierten en autoridad e ídolos, y el creyente en el esclavo[3]. Aquellos entregan a éstos las reglas por las cuales se debe vivir, y estos, los creyentes, entregan sus responsabilidades y sus opciones morales. No hay más libertad sólo miedo transferido. La fundamental ansiedad humana de la existencia misma pasa a manos de otros que supuestamente no dudan.

No puede existir una verdadera religión cristiana o judeo-cristiana en todo caso–en el sentido fundamental de la reconciliación del ser con la paz– si no se enfoca en la justicia del ser, en su hambre, su llanto, en el hombre mismo. Cualquier fe que haga uso de la brutalidad humana para completar un programa, cualquiera que sea, no es nada más que idolatría, la antítesis de la espiritualidad. Se devela como idolatría cuando responde a pasiones e intenciones puramente mortales por que es ésta la esfera donde el ser humano se manifiesta como tal. La religión falla como instrumento de igualdad, y falla como mecanismo supremo de justicia humana, en la medida que nuestra conciencia no registra la opción moral y la duda.

Lorenzo Orrego

Santa Clara

setiembre 12 del 2014


[1] Isaiah Berlin, “Concepts and Categories”, Princeton University, p.175

[2] Reza Aslan, “No god but God”, Random House Trade Paperbacks, New York, p.146

[3] Chris Hedges, “American Fascists.” Free Press. p,.199

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